En el sueño Aurora oyó golpes en una puerta. Con lentitud la conciencia la devolvió a la realidad. Alguien llamaba.
- ¿Quién es...? – inquirió.
- Un viajero, señora.- Abrió la puerta ligeramente.
- ¿Qué desea, joven?
- Quiero descansar un momento y seguir mi camino. ¿Tiene usted un poco de agua?
- Pase, pase. Disculpe mi suspicacia… es la soledad. Demasiado tiempo sin compañía hace de cualquier sorpresa un sobresalto.
Cruzaron el vestíbulo y la anciana con una perceptible elegancia en los movimientos, desapareció en la cocina.
- Aquí tiene, su vaso de agua. Pero… tome asiento, por favor. Mi nombre es Lyn, Aurora Lyn.
- Aurora, soy Atticus Crick.
- Atticus…. Es extraño, es usted muy joven, pero su porte, su voz, sus ojos dicen mucho más que su edad. ¿Puedo preguntar…?
- Lo que quiera, Aurora.
- ¿Qué le ha traído por estos lugares? Apenas quedamos unos pocos, agrupados a lo largo de la Costa. ¿Quizás de paso a Greener Valley?
- Así es. Cuestiones de producción. Lo están pasando mal en esta época. Es una llamada de socorro de ingenieros agrícolas.
- Ah! magnífico, nos trae vida Atticus, será más que bienvenido. Soy consciente del problema, Greener Valley nos abastece. Aunque una anciana de cien años ya no tenga muchas necesidades.
- Aurora, usted… sigue bailando. No como en la juventud, en la que seguro se entregó como artista, como bailarina. Me refiero a su mente. ¿No es así?
La dejó helada, pero con un brillo en los ojos.
- Asombroso. Es usted profundamente observador. Simplemente con ver mis movimientos y conocer mi edad... ¡así se lee el pensamiento!, ¿quién es usted Atticus? ¿De donde viene?
- Sólo un observador, un nómada que va de costa a costa… Nada más… me asombra su fuerza interior, Aurora. Su fuerza y perspicacia en descubrir como llegué a mis conclusiones.
Aurora sonrió, como quien recuerda un pasado brillante y fructífero. Pero de inmediato sus ojos languidecieron mientras desviaba su vista hacia el mar.
- Sin embargo, hoy ha sido un día débil, a veces sólo puedo resistir por la costumbre… Hacía tiempo que sólo esperaba que, por fin… alguien como… tú… llegase.
- Aurora… - Atticus percibió con claridad lo que significaban esas las palabras y se sorprendió de que su visita, a ojos de Aurora, tuviese el signo inequívoco de una anunciación. – sólo soy un hombre.
Aurora era presa de una idea. Atticus sabía que lo peor que le puede suceder a una mente es ser dominada por una idea, o un grupo de ellas. Las ideas son como seres vivos, parásitos, que quieren sobrevivir a expensas de su huésped. Sólo las mentes claras saben que las ideas deben ser sometidas, domesticadas. Programación para nuestro servicio.
Durante la conversación, al observar su expresión corporal y sus palabras, quedó clara en la mente de Atticus la personalidad de Aurora. Le invadió una gran ternura, motivada por la sensación de que en esa mente se había perdido una gran oportunidad. No obstante la fuerza, el tesón y un optimismo saludable no faltaban a pesar de su extrema vejez.
- ¿Qué idea te hace suponer que soy algo más?
- La esperanza, Atticus. – Contestó Aurora, sobreponiéndose - Aun sabiendo que no eres tú tengo la esperanza.
- Aurora creo que debo continuar mi viaje. Aún así prometo verte de nuevo una vez me instale en Greener Valley. – Atticus se incorporó y le beso la frente con ternura.
En el momento de despedirse, cuando pasaban por el centro de la biblioteca, de súbito Aurora, se llevó las manos al pecho. Empezaba a sufrir un severo ataque al corazón.
“La languidez, leve depresión. Alba lo hubiera visto al instante”. El pensamiento pasó fugaz por su mente mientras la tendía en el suelo. Le aplicó un eficaz masaje cardíaco. Con una rápida exploración supo que el fin de Aurora estaba próximo. El ataque era sólo una manifestación de la falla generalizada del organismo. Ahora, Aurora, estaba en coma.
Mientras esperaba el fin inevitable, por simple curiosidad, empezó a hojear los libros de las estanterías. De alguna u otra forma todo lo dominaba la mística. Descubrió una serie de diarios ordenados por fechas anuales. Dio un vistazo general. Todo era lo mismo, los mismos y recurrentes temas. La reencarnación, lo extraterrestre…, lo paranormal y el solipsismo dominaban la mente de Aurora. Sin embargo en un periodo apreció un cambio brusco… y se detuvo a leer.
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La lectura de esos años de lucidez absoluta y claros razonamientos le dejó intrigado. ¿Habrá quedado algo de eso en su cerebro? Era difícil de explicar ese cambio. Ese hecho incendió su curiosidad…
A sus pies estaba una moribunda que creía que un extraterrestre, un ángel o un demiurgo habían venido a llevársela al paraíso. Pero él sólo era un hombre…
De su cazadora extrajo un objeto negro, rectangular de proporciones 9:4:1, el objeto técnico más evolucionado jamás creado: un Nanoquir. Un quirófano miniaturizado controlado por un superordenador.
Se arrodilló cerca de la cabeza de Aurora y lentamente fue introduciéndole una especie de cánula por el orificio izquierdo de la nariz. Como en un ritual, lento y pausado, hasta que tocó la base de la pituitaria. En ese mismo instante una microfibra atravesó el cerebro de Aurora hasta llegar al centro de su sistema límbico, momento en que se empezaron a desplegar miríadas de microtúbulos de los que surgirían más microtúbulos en una secuencia calculada de iteraciones fractales.
Billones de señales viajaban cada segundo del Nanoquir a la Antena orientada al sudeste, en un camino vía satélite hasta Cúmulo Profundo en el corazón del Domo de la Quebrada.
La copia de la mente de Aurora era reproducida dentro del superordenador, pero de una forma incomprensible para la mente humana. Era necesario un filtrado, un ascenso a niveles comprensibles dejando al no-consciente dormitando dentro de Cúmulo Profundo. Esta era la ingeniosa argucia que Alba utilizó para salvar las restricciones de Kurt Gödel.
Una vez elevada al nivel necesario era enviada directamente a Atticus a través de sus implantes biotécnicos.
Atticus exploraba la mente imagen de Aurora y reconocía, confirmaba o rectificaba sus hipótesis resultado del contacto directo con Aurora. Entonces vino la sorpresa. Como una pintura oculta por otra pintura, yacía la traza magistral de esos años lúcidos. Fragmentada, casi perdida pero allí estaba, como puntos esperando ser unidos para formar una maravillosa figura.
Entonces la voluntad, la inquietud artística del Atticus escultor manifestaron toda su fuerza. “Voy a vestir esta mente con un cuerpo renovado y con las mejores galas. Voy a dar la oportunidad de vivir a esta imagen inerte de una mente humana”.
Y como un desafío digno de un Hércules del intelecto, se enfrentó a la tarea de dar vida a la materia inerte con su cincel del siglo XXI. Atticus sólo era perfecto cuando esculpía, y lo que salía de sus manos era simplemente perfecto. Y cuando terminó ya todo era labor mecánica del Nanoquir y Cúmulo Profundo.
Y poco a poco de uno de los extremos del Nanoquir apareció un esferita blanca lechosa, que crecía de forma progresiva, al tiempo que el cadáver de Aurora empezaba a consumirse lenta e inexorablemente. Cuando la esfera se aproximó en tamaño al sesenta por ciento del volumen del cuerpo original, éste empezó a fragmentarse como las hojas secas por el otoño.
Atticus cortó el envoltorio en el punto de conexión umbilical con el Nanoquir. Entonces el tejido contenedor se fue deshaciendo desde este punto como si un globo se desinflase a cámara lenta y su contenido se descubriera por el simple hecho de no poder estar oculto.
Y ante sus ojos apareció una niña de unos once años en posición fetal, como dormida y húmeda. Atticus la cubrió con una de las sábanas y la masajeó suavemente, y repitió esta operación varias veces hasta que el cuerpo adquirió una tersura natural, un aspecto relajado y la dejó dormir.
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La del Alba sería cuando la nueva Aurora despertó de su sueño.
- ¡No veo! ¡No veo! ¡No veo!...
- Tranquila, pequeña, tranquila – la reconfortó Atticus - te prometo que verás, muy pronto verás.
Atticus la levantó, la cogió de la mano y la llevó al porche trasero. Aun no veía nada pero la tranquilizó la suave brisa en su rostro.
-Vamos a bajar los escalones, uno, dos, tres, cuatro…
Entonces sintió en los pies el tacto de la arena, en los oídos el rumor de las olas y lentamente la bruma de sus ojos se fue desvaneciendo. Y ante la vista del mar y el agua mojando sus pies se inundó de una inmensa alegría y una profunda gratitud y sólo pudo…. bailar y bailar.
Dedicado a Camille y a Cristina.