sábado, 4 de diciembre de 2010

Koba The Dread


 

Por Martin Amis

CARTA AL ESPÍRITU DE MI PADRE

Queridísimo papá:
He probado a poner «Queridísimo Kingsley», en reconocimiento a tu nueva condición; pero he pasado mucho tiempo en tu compañía mental, ¿y por qué romper la costumbre de toda una media vida?
Si pudieras echar aunque sólo fuera una ojeada a la dedicatoria de mi último libro, sabrías inmediatamente que lo que tanto temías te ha sucedido y que aquello que temías ha ido contra ti. La dedicatoria dice:

Para Kingsley
y Sally

Porque éstos son mis Amis muertos. Sally vivió cinco años más que tú. Sus últimos años fueron serenos y discretamente cómodos (administró tu legado con celo). No hubo ningún detonante inesperado. Sus últimos días fueron apacibles y no hubo sufrimiento físico. No desesperes: la historia tiene un final más feliz. Supongo, también, que hay una posibilidad entre un gigatrillón de que esté ahora a tu lado. Suponiendo que no esté, y suponiendo además que realmente me oigas, sugiero que pases unos años de tu eternidad recuperándote del golpe y luego vuelvas a esta carta. Descansa, descansa, espíritu agitado.

Volveré sobre el final más feliz. Pero antes de que lleguemos a eso... «No quiero personalizar», escribió Nabokov a Edmund Wilson, antes de pasar, muy amablemente, a analizar el utopismo de su amigo, disculpable, incluso simpático, pero al final mortalmente vago. Tampoco yo quiero personalizar (no te gustaba la gente que personalizaba), pero quisiera hablar brevemente de un par de diferencias entre tú y yo. En tanto que padre e hijo tenemos algo inusual en común: «los dos somos novelistas ingleses —como tú mismo dijiste una vez— y somos un poco buenos». Pero tú, además, eras poeta. Y eso explica la principal diferencia entre mi prosa y la tuya. Las otras diferencias podrían ser casi totalmente generacionales. Si hubiéramos intercambiado nuestra fecha de nacimiento, puede que yo hubiera escrito tus novelas y que tú hubieras escrito las mías. Recuerda la ley (más verdadera en tu caso que en la mayoría): tú eres tu padre y tu padre eres tú. Para terminar de una vez: en tu ficción escribiste ampliamente sobre la burguesía, quiero decir sobre las clases medias, una categoría que aparece poco en la mía, donde me las entiendo con la aristocracia, la intelectualidad, el lumpenproletariado y los urka.

Eres tu padre y tú... Pero no del todo. La otra diferencia es política, y fundamental. Tenías una ideología y yo no. En fin, creías, y creíste en el comunismo soviético durante quince años. No había, como dice Bob, ninguna explicación racional para que fuera así. Pero puedo darte algunas buenas excusas: culpabilidad de clase media; «una dispersa insatisfacción porque las cosas sean como son» (como tú mismo dijiste) o un odio fuera de lo común a la situación en general; un deseo de escandalizar el conservadurismo parental, o paterno; y la sensación, no del todo equivocada, de que te estabas involucrando directamente en los asuntos del mundo. Era además, para Stalin, una ventaja complementaria que una descripción fidedigna de la Unión Soviética pareciera exactamente una calumnia furiosa contra la Unión Soviética. Como dijo el admirable y desdichado Víctor Kravchenko en Yo escogí la libertad (1946: nota bene): «Nunca he podido borrar de mi memoria esta imagen de la puerta [del edificio de la Checa, donde lloraban y gritaban los familiares de los detenidos]. Un genio del teatro que quisiera expresar la desesperación de las masas, el lúgubre e infinito sufrimiento, no habría podido inventar nada más aterrador.» Pero no quiero echarte en cara tu credulidad: no eras el único que creía en ello. Lo que me interesa es esto de «creer en».

En tu artículo «Por qué Lucky Jim se hizo de derechas», escrito cuando tenías cuarenta y cinco años, dijiste, para explicar tu anterior filiación política:

Hablamos de un conflicto entre los sentimientos y la inteligencia, de una forma de autoengaño deliberado en la que una parte de la mente sabe muy bien que su convicción global es falsa o defectuosa, pero la necesidad emocional de creer es tan fuerte que el conocimiento queda, por así decirlo, enquistado, aislado, incapacitado para influir en las palabras y los hechos.

Bien dicho. Pero ¿cuál es la base de la «necesidad emocional»? Cotejaré ahora dos frases de los dos últimos párrafos del artículo:

No podemos decidir que haya fraternidad; si empezamos por imponerla, al cabo de muy poco tiempo veremos que estamos imponiendo algo muy distinto y mucho peor que la simple falta de fraternidad.

Y:

El ideal de la fraternidad entre las personas, la construcción de la Ciudad Justa, no se puede descartar sin toda una vida de decepciones y pérdidas.

La frase uno me parece tan obvia y tan elemental que la frase dos carece de sentido, de contenido. ¿Qué es exactamente esa Ciudad Justa? ¿Qué aspecto tendría? ¿Qué se dirían y harían diariamente sus habitantes? ¿Cómo sería la risa en esa Ciudad Justa? (¿Y de qué podría escribirse en ella?) He aquí el momento de empezar a preguntarse por qué. Dsachtó? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué fin? Tu «necesidad emocional» no es una fuerza afirmativa, sino negativa. No es romántica. No es idealista. La «nobleza misma» de ese ideal, dices, «hace que el resultado de su descomposición sea doblemente horrible». Pero la descomposición, la innobleza, es inherente al ideal. Aquí está la broma, ¿no crees? Y es una broma sobre la naturaleza humana: el celo absurdo, la graciosa diligencia, aquello por lo que la utopía se convierte en distopía y el cielo en el infierno... El «conflicto» que describes no es, en última instancia, un conflicto entre «los sentimientos y la inteligencia». Es, y no deja de ser curioso, un conflicto entre la esperanza y la desesperación.

Cito lo siguiente con una complacencia exclusivamente simbólica:

«... aunque el Edén es la "meta" de la vida humana, estrictamente hablando es una meta imaginaria, no un invento social, ni siquiera como posibilidad. El argumento es aplicable también a las utopías literarias, que no son los deprimentes Estados fascistas en que quieren convertirlas los divulgadores, sino más bien símiles de la mente bien templada: rígidamente disciplinadas, muy selectivas en lo que se refiere al arte, etc. Así, Blake, al igual que Milton, entendió el mundo oculto, el mundo animal en que estamos condenados a vivir, como complemento inevitable de la imaginación del hombre. El hombre nunca ha tenido intención de eludir la muerte, los celos, el dolor, la libido, eso que en palabras de Wordsworth es "el corazón humano por el que vivimos". Puede que por esto pinte Blake al recién creado Adán con una serpiente enroscada ya en su muslo.»

Así terminaba mi breve, adocenado y diccionariado artículo...

Cuando escribí lo anterior tenía alrededor de veintidós años; y mi aprendiz de narrador diecinueve, la misma edad que tú cuando te afiliaste. Y así, papá, probablemente en perjuicio mío, yo nunca sentí la llamada de la fe política (y probablemente habría que sentirla, que ser fanático, una temporada). Nadie puede estar «en contra» de la Ciudad Justa. Es una de las razones por las que las personas se creen con derecho a matar a otras personas que se cruzan en su camino. Pero cuando te uniste a los agnósticos, a los gradualistas (y además encontraste otra ideología: el anticomunismo), te alineaste con quienes tienen más fe en la naturaleza humana que los creyentes. Más fe en y más afecto por. Basta. Vayamos ahora al final más feliz.

La hija de Sally estuvo presente, de manera anónima, en el entierro de Sally. Acuérdate, tú y yo la vimos cuando era muy pequeña (en el verano de 1979), poco antes de su adopción. La niña, que era perfecta, se llamaba Heidi, por la última y antiestimulante mentora de Sally. Ya no se llama Heidi. Sally tenía entonces veinticuatro años. Catherine tiene ahora veintidós.

No llegó a conocer a su madre. El entierro era en teoría una despedida de su identidad natal. Sin embargo, según lo reconstruimos después, vio nuestro clan en la iglesia y pensó: éste también es mi clan. Escribió a «la familia Amis» por mediación del director de la funeraria. Le contesté: nos vimos. Un poco después, cuando todo empezaba a hacérseme demasiado cuesta arriba (lo que tenía en la garganta sabía a una decisiva reducción del amor a la vida), volví a escribirle. Le dije que pronto me iría a pasar tres meses al otro lado del mundo; y que antes necesitaba ver el rostro de mi hermana. Acudió (con sus padres de acogida) y era perfecta. Tendrías que imaginar la extraña exactitud con que ocupaba físicamente el espacio que Sally había dejado vacío, el mismo peso de su presencia, y también cierta sonrisa, y cierta forma de mirar.

La primavera pasada me la llevé a España para que conociese a su abuela, a su abuelo político y a sus tíos Philip y Jaime. Catherine iba además acompañada por cuatro primos: mi Louis y mi Jacob, a los que recordarás, y mi Fernanda y mi Clio, dos de las tres nietas que no llegaste a conocer. Todos tus nietos estaban allí, menos dos: mi Delilah Seale y la Jessica de Philip. El clan tiene sus pérdidas pero sigue ampliándose. Ha habido cuatro adquisiciones en estos seis años. Mamá dijo que si seguíamos cargándola de nietos tendría que asfixiarlos como a los gatos recién nacidos. Catherine dijo después: «Fue como un sueño.» Sé que la habrías querido mucho, y sobre todo y sin dudarlo por esta prueba de su naturaleza y de su educación: es una de las treinta o cuarenta personas que quedan en el mundo anglófono que no dicen «entre tú y yo».

El invierno pasado, en Uruguay, cuando estábamos a punto de empezar nuestro partido vespertino de pelota, Fernanda, que acababa de cumplir cuatro años, cogió la pelota con cara de triunfo recatado. La pelota era un globo hinchado; en su superficie había caído una abeja muerta. Las abejas mueren por centenares conforme termina el verano en el hemisferio sur. Se ponen a revolotear con avidez alrededor de las lámparas de la terraza y caen a plomo. Era lo que querían hacer antes de morir... Como es lógico, una abeja muerta todavía puede picar. Fernanda deshizo bruscamente la sonrisa y dijo con voz fuerte, orgullosa y expositiva: «Algo me hace daño muchísimo.» Bien, así es como yo me sentí cuando Sally murió. Recordarla a ella, y a ti, y a ti con ella, me ha dejado con un cansancio que ninguna cantidad de sueño podría reparar. Pero no es un cansancio pesado. Es como debe ser. Se parece a la dignidad. También se parece a la autocompasión, naturalmente. Pero la compasión y la autocompasión son a veces la misma cosa. La muerte lo propicia. ¿No crees?

Stalin (a quien, por increíble que parezca, serviste durante doce años, de manera discreta, de manera mínima, pero de todos modos increíble) dijo una vez que mientras que una muerte es una tragedia, un millón de muertes es simple estadística. La apódosis del aforismo es falsa: un millón de muertes es, como mínimo, un millón de tragedias. La prótasis en cambio es totalmente válida, pero nada más. En realidad, también todas las vidas son una tragedia. Todas las vidas se dirigen a la curva trágica.

Esta carta concluye un libro subtitulado «La risa y los Veinte Millones». Tal vez te parezca una conclusión curiosa. Sally no tiene absolutamente nada en común con los Veinte Millones. Nada excepto la muerte y quizá una apariencia de redespertar.

Tu hijo mediano que te saluda y abraza.

I-o-I