martes, 22 de marzo de 2011

Carolina Coronado


Conferencia impartida por Gloria Martín García
Ateneo de Cáceres
Día 21 de Marzo de 2011. Lunes
Fotos del palacio de Mitra cedidas por Don Miguel Hurtado Urrutia

Se han cumplido 100 años de la muerte de Carolina Coronado, esta gran poetisa que nació en Almendralejo en 1820. Año significativo en el comenzaba el trienio liberal.

Es el siglo XIX conflictivo y turbulento, que comienza con una guerra y termina con la pérdida de nuestras colonias, en el 98. Se suceden a lo largo del siglo los reinados de Fernando VII, José Bonaparte, Fernando VII, Isabel II, Amadeo I, Alfonso XII, Alfonso XIII, con la regencia de María Cristina.

Toda esta época está ensangrentada por las tres guerras carlistas, en total duraron 14 años, que debilitaron el país y dificultaron su progreso. Una revolución derroca a Isabel II, en 1868, y después de un gobierno provisional y del reinado de Amadeo de Saboya, se instaura la 1ª república (con Figueras, Pi y Margall, Salmerón y Castelar). En 1874 el general Pavía da un golpe de estado, hay pronunciamientos y conflictos hasta el 75, año de la Restauración, obra de Cánovas y comienza el reinado de Alfonso XII, y posteriormente el reinado de Alfonso XIII, bajo la regencia de María Cristina.

El trienio liberal está precedido por una época absolutista y seguido de una década llamada ominosa, donde vuelve a imperar el absolutismo, y los liberales son cruelmente perseguidos, como fue el caso del padre y el abuelo de Carolina, que murió en prisión, a causa de los malos tratos recibidos.

Si, desde el punto de vista histórico, vemos que el XIX es un siglo convulso, no lo es menos desde la perspectiva literaria. Se suceden uno tras otro, movimientos literarios de diferente signo. Romanticismo, Costumbrismo, Realismo, Modernismo, para terminar con la Generación del 98, formada por autores muy preocupados y comprometidos con todos los avatares que les tocó vivir. Son un grupo de ensayistas, novelistas y poetas que se vieron profundamente afectados por la crisis moral, política y social acarreada en España por la derrota militar en la Guerra Hispano-Estadounidense y la consiguiente pérdida de Puerto Rico, Guam, Cuba y las Filipinas en 1898. Todos los autores y grandes poetas englobados en esta generación nacen entre 1864 y 1876. (Miguel de Unamuno, Azorín. Pío Baroja, Ramiro de Maeztu, Valle Inclán, Antonio Machado, Ángel Ganivet, Jacinto Benavente, Carlos Arniches, Vicente Blasco Ibánez, Gabriel y Galán, Francisco Villaespesa, Manuel Machado, Los hermanos Álvarez Quintero y otros)

En el aspecto educativo, también es un momento difícil, sobre todo para la mujer. La enseñanza del siglo XIX, muy influida aún por la Iglesia a todos los niveles, sigue contemplando a la mujer en un papel secundario.

El prototipo más frecuente fue el de perfecta casada, reina del hogar, piadosa, buena madre y buena esposa.

El acceso de la mujer al sistema educativo no buscaba, de ninguna manera, alterar la función social de la misma; buscaba fundamentalmente alfabetizarla y adiestrarla en algunos quehaceres domésticos para el mejor funcionamiento del hogar y de la familia.

Empieza el siglo con el trabajo legislativo de las Cortes de Cádiz. Su Comisión de Instrucción Pública emite el 7 de marzo de 1814 un Dictamen y Proyecto de Decreto sobre el arreglo general de la Enseñanza Pública, que se quedó en eso, en proyecto, pues un Golpe de Estado puso fin a la era liberal inaugurada con las Cortes gaditanas y el decreto de 4 de mayo de 1814 declaraba "nulos y de ningún valor ni efecto" tanto la Constitución como todos los decretos promulgados por las Cortes.

Todas las leyes educativas que se van sucediendo a lo largo del siglo XIX insisten en la educación separada de niños y niñas. A las mujeres se les enseñará a leer y a escribir y las labores propias de su sexo.

(Ya Rousseau, en el Emilio dice que la función de la mujer es dar placer [a los hombres], serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos. Esos son los deberes de las mujeres en todos los tiempos, y lo que se les ha de enseñar desde la infancia").

No es de extrañar que la educación de la mujer no se mencione ni en el Plan de Estudios para los Institutos de Segunda Enseñanza (15-10-1843) ni en el famoso Plan Pidal (R.D. 17-9-1845), señal de que aún no era algo conflictivo. Sí aparece en la Ley de Instrucción Pública de 9 de septiembre de 1857, la conocida como Ley Moyano. Esta ley que tendrá vigencia prácticamente hasta 1970, sigue en el mismo esquema que los liberales de principios de siglo, aunque tiene el valor de hacer obligatoria la escolaridad para las niñas, por primera vez en España.

En las enseñanzas elemental y superior de las niñas se omitirán los estudios de que tratan el párrafo sexo del artº 2º ["Breves nociones de Agricultura, Industria y Comercio"] y los párrafos primero y tercero del artº 4º ["Principios de Geometría, de Dibujo lineal y de Agrimensura" y "Nociones generales de Física y de Historia Natural"], reemplazándose con:

Primero. Labores propias del sexo
Segundo. Elementos de Dibujo aplicado a las mismas labores
Tercero. Ligeras nociones de Higiene doméstica"

Más tarde, la institución revolucionaria de la educación, la Institución Libre de Enseñanza, que se creó en 1876, sí apostaría por la educación femenina y por la coeducación -enseñanza mixta-, como aparece en su programa:

La Institución estima que la coeducación es un principio esencial del régimen escolar, y que no hay fundamento para prohibir en la escuela la comunidad en que uno y otro sexo viven en la familia y en la sociedad... Juzga la coeducación como uno de los resortes fundamentales para la formación del carácter moral, así como de la pureza de costumbres, y el más poderoso para acabar con la actual inferioridad positiva de la mujer, que no empezará a desaparecer hasta que aquélla se eduque, en cuanto se refiere a lo común humano, no sólo cómo el hombre sino con el hombre.

Ya avanzada la segunda mitad del siglo XIX comienza a considerarse que, aunque la misión de la mujer es cuidar de los hijos y el marido, la educación e instrucción puede prepararla para cumplir mejor la tarea de formar nuevos ciudadanos y constituir un apoyo adecuado para maridos modernos. Mientras en España en periódicos y revistas se polemiza sobre la capacidad de las mujeres para adquirir conocimientos que puedan capacitarla para ejercer una profesión y sobre la conveniencia o no de que los adquiera, llegan noticias de otros países donde algunas mujeres comienzan a conseguir el grado de bachiller e, incluso, acceden a la Universidad.

Así, por ejemplo, uno de los primeros y principales regeneracionistas,Ricardo Macías Picavea, respecto a la educación de la mujer, considera que está muy bien dotada para ejercer la medicina y el comercio y también para desempeñar tareas docentes y educativas, excluyendo de su competencia otras actividades públicas profesionales, según los criterios más corrientes en su tiempo.

(Se llama Regeneracionismo al movimiento intelectual que entre los siglos XIX y XX medita objetiva y científicamente sobre las causas de la decadencia de España como nación)

La primera noticia del interés de la mujer por los estudios superiores es del 2 de septiembre de 1871, cuando Mª Elena Masseras consigue un permiso especial del Rey Amadeo de Saboya para realizar estudios de segunda enseñanza y poder continuar en la Universidad después. Mª Dolores Aleu Riera es la primera mujer que realiza el examen de grado para obtener una Licenciatura, en Medicina, el 20-4-1882, seguida en el mismo año por Martina Castells Ballespi y Mª Elena Masseras Ribera, todas por la Universidad de Barcelona. En 1886 obtiene la Licenciatura en dicha Universidad Dolores Llorent Casanovas (26-VI-86) y dos días después la quinta mujer licenciada en Medicina, Mª Luisa Domingo García natural de Palencia, la obtiene en la Universidad de Valladolid.

No podemos pensar que, rápidamente, el acceso al bachiller superior y a la Universidad se convirtió en una rutina. En 1882 y durante un período de casi un año, el director general de Instrucción Pública ordenó que no se admitiera a matrícula de segunda enseñanza a las mujeres, pero sí a la de Universidad a las que estuvieran en posesión del grado de bachiller. Cuando el 25 de septiembre de 1883 se autorizó de nuevo la matrícula de segunda enseñanza, se añadió la salvedad de que "sin derecho a cursar después los de Facultad".

Es en 1888 cuando, tras la solicitud de tres mujeres, se permitió de nuevo a las mujeres matricularse en la Universidad, en principio sólo para exámenes y posteriormente, a instancia de Matilde Padrós en la enseñanza oficial. La presencia de mujeres en la Universidad española durante el siglo XIX es, por tanto, prácticamente anecdótica y, además, parte de las alumnas consignadas en ellas, no acabaron la carrera.
Después de esta panorámica, política, literaria y educativa, necesaria porque es el caldo de cultivo donde se desenvuelve la vida de Carolina, volvamos a retomar su biografía.

Carolina Coronado nació en Almendralejo el 12 de diciembre de 1820, y pasó su infancia y parte de su juventud en Badajoz, desde donde su celebridad irradió por toda la península. En 1843, se publicó por primera vez una selección de sus poesías en Madrid, llevando un prólogo encomiástico de Hartzenbusch. En 1850 se instala definitivamente en Madrid. Allí contraerá matrimonio con un hombre de negocios de considerable fortuna, Mr. Horacio Justo Perry, que es secretario de la Embajada de Estados Unidos en Madrid. En 1874 se instaló el matrimonio en el palacio de la Mitra, en Portugal. Allí murió, el 18 de enero de 1911, siendo traído su cuerpo a Badajoz, junto con el de su marido, del que no había querido separarse un solo día en los veinte años transcurridos desde su muerte.

Nació en una familia partidaria del liberalismo y la constitución. Cuando vuelve el absolutismo con Fernando VII, su padre, Nicolás Coronado Gallardo, secretario de la Diputación Provincial de Badajoz, es perseguido y encarcelado.

Su infancia y adolescencia transcurren entre Almendralejo y Badajoz y su educación es la de una señorita burguesa de la primera mitad del siglo XIX. Ella misma dice: nada estudié sino las ciencias del pespunte y el bordado del encaje extremeño, que sin duda es tan enredoso como el código latino. Esto lo declaraba en 1909.

Aunque sus estudios no fueron académicos, su formación fue autodidacta y desde muy temprana edad manifestó sensibilidad artística y poética. Además, tanto por carácter, como por tradición familiar, simpatizaba con los perseguidos políticos y los marginados. Entre éstos, para Carolina estaban las mujeres, siempre en inferioridad de condiciones en un mundo de hombres. Dice: yo soy literata, hice versos desde que supe hablar; dejé de hacerlos desde que aprendí a callar. Es, por tanto una romántica espontánea y vocacional; para ella la literatura (en todos sus géneros, aunque predomina lo poético) es inspiración y liberación de los fantasmas personales.

El primer poema conservado, lo compuso con diez años: A una tórtola muerta. En 1839 apareció su poema A la palma en El Piloto, publicación madrileña que editaba Donoso Cortés. El poema recibió el aplauso de la Corte y de algunos poetas como Espronceda quien le escribe unos halagadores versos.


Dicen que tienes trece primaveras
y eres portento de hermosura ya,
y que en tus grandes ojos reverberas
la lumbre de los astros inmortal.

Juro a tus plantas que insensato he sido
de placer en placer corriendo en pos,
cuando en el mismo valle hemos nacido,
niña gentil, para adorarnos, dos.

Torrentes brota de armonía el alma;
huyamos a los bosques a cantar.
Dénos la sombra tu inocente palma,
y reposo tu virgen soledad.

Mas ¡ay! perdona virginal capullo,
cierra tu cáliz a mi loco amor.
Que nacimos de un aura al mismo arrullo,
para ser, yo el insecto, tú la flor.

Pronto será conocida y admirada en los círculos literarios de Madrid y de Badajoz. Aquí ofreció recitales en la Sociedad de Lectura creada por su hermano Pedro, posteriormente convertida en Liceo. En 1840 inició una fructífera correspondencia epistolar con Juan Eugenio de Hartzenbusch, quien se convirtió en maestro y editor.

En 1843 Hartzenbusch editó su primer libro titulado Poesías que fue bien recibido por la prensa. Hartzenbusch lo prologa, alabando la inspiración, la sensibilidad y la claridad de sentimientos y reconociendo también un cierto desaliño que a veces cae en prosaísmo.

En 1844 Carolina sufrió un ataque cataléptico y la dieron por fallecida. Algunos poetas le dedicaron poemas elegíacos, entre ellos Campoamor. Este capítulo, que parece sacado de una leyenda romántica, continúa cuando ella contesta haciéndose llamar “la resucitada”:

Pero con ser del alma tan querido
del cielo que de muertes nos espera
esa risa, medrosa, rechazando
De mi ilusión me desperté temblando.

En estos años desarrolla su sensibilidad especial ante el paisaje extremeño; de ahí nace el amor a las flores, muchas veces convertidas en símbolos de sus estados de ánimo. Por eso José María de Cossío la incluye en su ensayo Cuatro poetas ante las flores.

Durante esta época vive en un exaltado estado de ánimo que va del misticismo al amor humano, personalizado en un misterioso Alberto del que nada se sabe con certeza; podría ser un amor platónico o real, o incluso sólo haber existido en la imaginación de la poetisa. Alberto “muere en un naufragio” (no sabemos si es real o inventado) y Carolina hace voto de castidad en la catedral de Sevilla. Estas experiencias la llevan a componer algunas poesías de un alto contenido lírico como Yo tengo mis amores en el mar y El amor de los amores.

En Sevilla conoció a Alberto Lista (el que fuera maestro de su paisano Espronceda) a quien dedicó un poema. En Cádiz, se puso en contacto con el editor Adolfo de Castro quien le publicó y prologó sus novelas Paquita y Adoración (1850).

En los periodos de estancia en Extremadura escribió un ensayo en el que comparaba a la poetisa de Safo con Teresa de Jesús. Fue publicado por el Semanario Pintoresco (1850) y condenado por los jesuitas, igual que le ocurrió con su novela Jarilla (1850), también publicada por capítulos en el mismo semanario. El éxito popular, sin embargo, fue enorme.

En 1850 se representó en Madrid el drama El cuadro de la esperanza, que de nuevo venía avalado por E. de Harzenbusch; anteriormente se había representado en Badajoz, interviniendo como actriz la misma Carolina y con una finalidad benéfica, recaudar fondos para una escuela de párvulos. .

Se observa en esta obra de Carolina Coronado una habilidad extraordinaria para el teatro. Las escenas se suceden con agilidad. Los diálogos tienen gran fuerza dramática y los personajes están perfectamente caracterizados. Se representó en tiempos de Isabel II, que asistió al estreno.

En este mismo año se traslada a vivir a Madrid, quizás animada por el éxito de sus primeras obras. Allí da a conocer su quehacer literario en revistas como Clamor Público, El Semanario Pintoresco y La Ilustración. Estrena otras obras teatrales, todas ellas en el Liceo: El divino Figueroa, Petrarca y La rueda de la fortuna.
En 1851 viaja por Europa y envía sus crónicas a La Ilustración. En París conoce a algunos de los artistas franceses románticos más importantes, como Musset, Merimèe, Lamartine (al que más admiraba) y Víctor Hugo.

En 1852, tras un corto noviazgo, se casa con el secretario de la embajada de Estados unidos, Horacio Perry Spragne. Al ser un matrimonio mixto (ya que él era protestante) se lleva a cabo en Gibraltar y lejos de las miradas de los curiosos que sabían de los “votos sevillanos” de Carolina. Estamos ante otro episodio de leyenda romántica.

La vida de Madrid discurre en un ambiente literario que el matrimonio creó en su propia casa, a la que acudían contertulios diplomáticos, aristócratas, políticos y escritores. En ese mismo años (1852) aparece publicada la segunda parte de sus Poesías con el prólogo de Hartzenbusch de 1843.

En 1854 muere su hijo mayor y su marido cesa como secretario de la embajada. En 1855, Carolina coopera con otros autores románticos para homenajear al poeta prerromántico Manuel José Quintana.

En 1857 nace su hija Carolina y después, en 1861, su hija Matilde, la única que la sobrevive.
Con los acontecimientos independentistas en Cuba, la guerra de Secesión Americana, las tensiones diplomáticas entre USA y España y los aires revolucionarios de la época, la Carolina liberal se convierte en revolucionaria, llegando a ser presidenta de una Sociedad Abolicionista (para Cuba).

En 1873 publicó la tercera edición de sus Poesías, pero la muerte de su hija mayor le provocó nuevos ataques catalépticos. Decide buscar la soledad y se marcha a Portugal (tierra siempre cercana y querida); se instala en Paço D`Arcos, desde donde colabora con algunas revistas y periódicos como La Ilustración y Revista de Extremadura. Allí recibió a algunas personalidades como Juan Valera.

El matrimonio Perry-Coronado, había invertido en una compañía telegráfica que no fue rentable y acabó arruinándose y con ella nuestra escritora. En 1891 muere Perry; Carolina sobrevive todavía veinte años. De nuevo la leyenda vuelve a su vida cuando decide retener el cuerpo de su marido embalsamado en la capilla de su palacio.

En los últimos años sus desequilibrios psíquicos se acentuaron, rehusando toda relación social. Sólo así se explica que rechace la invitación a un homenaje en Badajoz, contestando con un soneto:

Una corona no; dadme una rama
de la adelfa del Gévora querido
y mi genio, si hay genio, habrá obtenido
un galardón más grato que la fama.

Muere sin que haya cesado su inspiración poética y su trabajo de escritora vocacional, un 11 de enero de 1911 en el palacio de Mitra.

Hasta 1850, Carolina representa la estética romántica, aunque siempre marcada por un tono íntimo y personal; anhelos y sentimientos, se plasman en los versos de forma sincera. Por eso, gran parte de la poesía de Carolina se libra del exceso de ritmo altisonante y del adorno gratuito del romanticismo del de la época.
La feminidad de Carolina fue el pedestal más seguro de su gloria. Valera, cuando la compara con la Avellaneda, recalca, muy complacido, que la Coronado “es más sincera, más espontánea, más original a veces, y siempre más mujer”. Castelar llega a decir “no conocer poetisa que la aventaje en conocer la naturaleza de las pasiones, ni que la iguale en la delicadeza del sentimiento”. Todo ello explica la emoción causada, en los medios intelectuales de la corte, por la falsa noticia, en 1843, de su prematura muerte: “Aún el pesar me asesina / de cuánto aquí, por muy cierto, / se dijo, de Carolina, / que ¡Dios me libre! había muerto”, le escribía Campoamor a Pastor Díaz, con una vehemencia en la cual el afecto personal podía contar tanto como la admiración literaria.

Su primera etapa poética va desde que Carolina, muy joven, comienza a escribir, hasta 1843, momento en que publica la primera edición de sus poesías. En ella predominan la actitud y las estrofas clásicas. Hay una contemplación, recreación de la naturaleza a través del yo lírico. Aparecen arroyos, pájaros, árboles, otoños y gotas de rocío que alivian la soledad y la búsqueda de un alma inquieta. El trasfondo es siempre el paisaje extremeño radiante de luz, dando nitidez a flores y pájaros. Estos elementos de la naturaleza real de su tierra permanecerán siempre en su obra. Inicia también el otro tema recurrente en su poesía y en su vida: la reivindicación feminista, social y patriótica.

La segunda etapa, la de madurez se desarrolla entre 1843 y 1852. En ella profundiza en los temas de la etapa inicial, introduciendo otros nuevos. Ahora poetiza El espino, La clavellina o Emigración de las aves. Continúa la poesía feminista tanto en tono reivindicativo como satírico. El tema de Dios y la fe se hace aún más presente; ambos son para Carolina un refugio para sus amarguras y una búsqueda de lo trascendente que da a las poesías un tono casi místico. Casi toda la poesía amorosa está inspirada en el misterioso Alberto. Unas veces canta el amor exaltado: “Oh, cuán te adoro”:

Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aíre que respiras.


Otras veces se lamenta por el dolor y la ausencia: “Siempre tú”:

El segundo diciembre se acercaba
trayendo para mí nieblas mayores
que a merced de los vientos bramadores
tú nave en el Atlántico vogaba.

Otra vertiente de su poesía es la filosófica; el pesimismo está relacionado con el paso del tiempo y el sufrimiento del mundo adulto, al haber perdido la arcadia feliz. ¿Quién me consuela a mí en mis tempestades?, dirá en Las tormentas, de 1848.

Tras contraer matrimonio en 1852, en Madrid, Carolina Coronado y Justo Horacio Perry se instalan en una casa en la calle de las Rejas. La residencia se convirtió muy pronto en uno de los hogares más acogedores del Madrid elegante. El matrimonio creó un ambiente de serenidad en sus salones, alejados del bullicio de otros, en los que se escuchaban polkas a altas horas de la noche, y de la fastuosidad de la corte isabelina, que no agradaba a ninguno de los dos. Hicieron de ellos un reducto donde las tertulias y controversias conducían a una atmósfera familiar y austera, propia de la vieja Extremadura y de Nueva Inglaterra. Y, como figura predominante, Carolina Coronado, que ya no era la “gentil niña de la palma”, sino una consagrada escritora, intelectual y esposa de un importante diplomático.

Los jueves y los domingos había veladas musicales en el salón de los Perry. Sin embargo, más que crítica musical, eran noches en las que los mejores músicos de Madrid y la propia Carolina amenizaban, tocando, a los allí reunidos. La poetisa interpretaba a Beethoven y a Mozart, pero era su compositor predilecto Chopin, al cual seguiría interpretando en Mitra, el retiro portugués donde los Perry pasaron sus últimos años.

Sin embargo, en el salón de Carolina predominaban más que el tono artístico, el intelectual y político. Asistían a su casa políticos, literatos e intelectuales de diferentes ideologías, en un ambiente de camaradería que nunca llegó a ser hostil. Además, era de esperar que, en un siglo tan convulso como el XIX, se acabara hablando de política. Carolina, favorable a una monarquía progresista, no comulgaba con las ideas de muchos de sus invitados. Pero esas eran las leyes de la sociedad en la que la señora Perry había entrado, y a las que estaba dispuesta a secundar en lo tocante al respeto y convivencia del pluralismo ideológico; y no por cortesía social sino por íntimo convencimiento, como demostraría a lo largo de su vida.

Tenían cabida también en el salón sus compañeros de oficio; los escritores. La mayoría de ellos, antiguos liberales perseguidos, románticos desesperados en su primera juventud, fueron abandonando la bohemia y el descontento, al compás de la anulación o el abandono del romanticismo con el auge de la burguesía conservadora. Estos inconformistas acabaron conformándose al fin con puestos políticos y situaciones acomodadas. De esta forma, encontraba en la casa de su antiguamente “hermana menor” un rincón donde rememorar sus antiguas ansias de cambio y su gloria romántica.

Pero en aquel salón de Carolina tenía cabida igualmente el hombre de letras puro, el intelectual sin más apelativo. Era la nota literaria de la tertulia, escasa porque eran escasos los escritores que no entraron directamente en el juego partidista.

Sea como sea políticos, políticos-literatos o literatos a secas, todos hacían corrillo en torno a las novedades del teatro y la ópera, las noticias llegadas de Londres y París, los acontecimientos del mundo y de la vida nacional. Allí se leía la prensa española y extranjera, poemas, pasajes de novelas y dramas, saboreando el humeante chocolate o el té.

Políticos que frecuentaron los salones de Carolina Coronado, Salustiano de Olózaga, Narváez, Bravo Murillo, Donoso Cortés, Emilio de Castelar y Ripoll, Cándido Nocedal, entre otros muchos, de diferentes ideologías y procedencia Donoso Cortés ayuda al matrimonio Perry (que había contraído matrimonio civil en Gibraltar) a conseguir del Arzobispo de París la diligencia necesaria para celebrar su boda religiosa.


Literatos que frecuentaban las tertulias de Carolina Coronado:

Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862)

Escritor y político español, catedrático de Filosofía Moral de la Universidad de Granada. Se sumó a las filas de los revolucionarios liberales durante la Guerra de la Independencia y fue diputado en las Cortes de Cádiz que aprobaron la Constitución de 1812. Por ello, fue encarcelado tras el regreso de Fernando VII y el restablecimiento del absolutismo.

Recuperó la libertad durante el Trienio Liberal, en el cual asumió el liderazgo de la rama más moderada de los liberales, los doceañistas, frente a la mayoría de exaltados, e incluso encabezó el gobierno como ministro de Estado en 1822.

Una nueva reacción absolutista durante la Década Ominosa, que le obligó a exiliarse en Francia, acabó de conducirle a una postura ideológica ecléctica, inspirada en el liberalismo doctrinario de Guizot: en lo sucesivo, defendería un liberalismo muy moderado.

Duque de Rivas (1791-1865)
.
Ángel de Saavedra, más conocido por su título nobiliario, fue un escritor español que luchó en la guerra de la IndependenciaSe dio a conocer con obras de carácter neoclásico: Poesías (1814) y varias tragedias, como Lanuza (1822), pero su obra mas importante en Don Álvaro o La Fuerza del Sino (1835).

En 1823 sus ideas liberales le obligaron a exiliarse. Sus estancias en Londres y, con posterioridad, en Italia y en Malta le permitieron descubrir las obras de Shakespeare, Byron y Scott, bajo cuya influencia escribió El sueño del proscrito (1824) y El faro de Malta (1828).

Manuel José Quintana y Lorenzo (1772-1857)

Poeta español de la Ilustración, y una de las figuras claves en el paso al romanticismo. Hijo de padres extremeños, nació y se formó en Madrid.La poesía de Quintana es casi toda de tema cívico, moral, patriótico o político, de inspiración fundamentalmente neoclásica, pero se acerca al Prerromanticismo en algunos momentos, como en su poema consagrado al mar. Entre sus defectos está el tono en exceso declamatorio de sus versos y la abundancia de epítetos, mal que contribuyó a prolongar entre sus poco afortunados imitadores.

La edición más completa de su obra hasta la fecha se encuentra en el volumen XIX de Obras Completas de la Biblioteca de Autores Españoles de Manuel Rivadeneyra.

Adelardo López de Ayala (1828-1879)

Escritor del Realismo español

Como dramaturgo es muy convencional: su intención es escribir obras morales, pero no critica a fondo el sistema de valores burgués. Así, el tema del donjuanismo que aparece muy constante en su alta comedia se plantea no como un mito, sino como el caso de un seductor profesional que altera el ordenado sistema de valores burgueses, y se parece más a un cazadotes que a otra cosa.

Amenaza el núcleo básico de la sociedad, la familia. Por eso la justicia no está en manos de Dios, como en la obra de Zorrilla, sino en la de las víctimas, que al final lo dejan en soledad y menospreciado. En El tanto por ciento, que tiene por marco el mundo de las finanzas, se trata de un engaño colectivo en el que están implicados a la vez la fortuna del protagonista y el honor de la heroína, que al final consiguen triunfar y librarse del grupo de personajes que había urdido la trampa. Consuelo tiene por protagonista a la mujer del título, que acepta un matrimonio por conveniencias económicas y bienestar social, no por amor. Con esta obra el autor pretende dar una enseñanza moral y demostrar cómo los intereses materiales se vuelven contra los mismos interesados, pues al final Consuelo se queda sola y se arrepiente de su decisión inicial.

José Zorrilla y Moral (1817-1893)
.
Escritor español que cultivó todos los géneros. Tres fueron los factores importantes en la obra de Zorrilla. En primer lugar, las relaciones con su padre. Hombre éste despótico y severo, rechazó sistemáticamente el cariño de su hijo, negándose a perdonarle sus errores juveniles. El escritor cargaba consigo una especie de complejo de culpa, y para superarla decidió defender en su creación un ideal tradicionalista muy de acuerdo con el sentir paterno, pero en contradicción con sus íntimas ideas progresistas. Dice en Recuerdos del tiempo viejo: " Mi padre no había estimado en nada mis versos: ni mi conducta, cuya clave él sólo tenía.

En segundo lugar hay que destacar su temperamento sensual, que le arrastraba hacia las mujeres: dos esposas, un temprano amor con una prima, amores en París y Méjico, dan una lista que, aunque muy lejos de la de Don Juan, camina en su misma dirección. El amor constituye uno de los ejes fundamentales de toda su producción.

Como tercer factor condicionante, la salud de Zorrilla. A cierta altura de su vida, se le detectó un tumor cerebral y, poco más tarde, se inventó un doble, un loco, que aparece casi obsesivamente después. En Recuerdo del tiempo viejo su autobiografía, habla de sus alucinaciones y sonambulismo. Quizá el papel predominante de la fantasía en el escritor encuentre una explicación por este lado.

Ramón de Campoamor y Campoosorio (1817-1901)
.
Es un poeta romántico español

El estilo poético de Campoamor podría agruparse bajo la denominación de romanticismo realista matizado de un gran dramatismo con el que describe con maestría, las situaciones más cotidianas a veces, y otras rezuma unos sublimes sentimientos de lírica espiritual. Abunda en su poesía la métrica del verso de arte menor, redondillas, cuartetas y quintillas principalmente; también el romance octosílabo. Dispone en general su poesía de una alta musicalidad muy armoniosa y pegadiza. Dentro del arte mayor, en donde está contenido una buena parte de su obra, también tiene Campoamor bellísimas composiciones, basadas en sonetos, cuartetos y serventesios; y poesías a base de una larga sucesión de tercetos encadenados. Algunas de sus composiciones en verso, bien pudieran servir para ser representadas a modo de cortas obras teatrales, dado los diálogos que contienen con dos o más personajes.

Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880)
.
Escritor, dramataurgo, poeta, filólogo y crítico español, conocido por la historia por su obra Los amantes de Teruel. El conocimiento de la poesía germánica le impulsó a buscar la concisión y el sentido moral y filosófico más que la brillantez y la armonía. Fue un excelente traductor de poemas italianos y alemanes: dominaba esos idiomas y además el inglés y el francés.

Los amantes de Teruel (1837) es un drama romántico en prosa y verso y se inspira en la leyenda turolense del mismo nombre y que tal vez proviene del Decameron de Bocaccio.
Cultivó además la comedia de magia y los sainetes.

Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882)
.
Escritor y periodista español. Fue uno de los principales representantes de la escuela costumbrista española del siglo XIX.

Participó en la renovación urbanística de Madrid, ya que ocupó el cargo de inspector de obras públicas municipales. De hecho sus primeros escritos están relacionados con esta actividad ( Guía de Madrid, publicada en 1831).

Más adelante, debido a la buena acogida de sus escritos por parte del público, decidió dedicarse de manera seria y continuada al cultivo de su afición literaria, representada a partir de entonces mediante sus colaboraciones en numerosos periódicos y revistas.

En 1836 fundó el Semanario Pintoresco Español en el que publicó sus artículos costumbristas, más tarde recogidos en libros como Escenas matritenses (1842) y Tipos y caracteres (1862). En 1880 publicó su autobiografía Memorias de un sesentón.

Bretón de los Herreros (1796-1873)
.
Dramaturgo y poeta español. Fue director de la Biblioteca Nacional (1836). Se distingue en su obra una primera época de influencia moratiniana, que abarca de A la vejez viruelas (1824) a Marcela o ¿cuál de los tres? (1831). Muérete y verás (1837) marca su transición entre el romanticismo y el neoclasicismo costumbrista. Con Elena (1835) y con Don Fernando el Emplazado (1837) firmó sus dramas románticos.

Escribió además numerosos poemas de circunstancias y letrillas populares, ejerció la crítica literaria y el periodismo y participó en la redacción de la novena edición del Diccionario de la Real Academia Española.
Su relación con Carolina es tan estrecha que la escritora le dedica un poema a su mujer.
Ángel Fernández de los Ríos (1821-1880)

Político español. Miembro del Partido Progresista, fue secretario de la Junta de Salvación durante la vicalvarada de julio de 1854. Tomó parte en la frustrada insurrección de 1866, por lo que debió exiliarse a Francia. Regresó en 1869 y dio su apoyo a la primera República (1973). Restablecida la monarquía, se exilió de nuevo en 1876.

Escribe la introducción a las Poesías (1843)de Carolina Coronado.

Antonio Gil y Zárate (1793-1861)

Dramaturgo español. Se educó en París. Fue miembro de la Real Academia Española y de la de Bellas Artes. Sus primeros dramas (El entrometido, 1825; Un año después de la boda, 1826) muestran su formación neoclásica. Consiguió notables éxitos con sus obras de tema histórico-político, como Carlos II el Hechizado (1837) y Guillermo Tell (1843). También escribió comedias de asunto costumbrista y sentimental.

Carolina Coronado pertenece, junto a GG de Avellaneda, Ángela Grassi y Concepción Arenal a lo que se ha llamado “primera generación” de poetisas románticas., que nacen entre 1820 y 1830 y comienzan a publicar en torno a 1840, fueron las pioneras en la expresión de la poética femenina del romanticismo. Esto fue posible gracias a un conjunto de factores que confluyeron en aquella época fueron:

El movimiento romántico que propició la expresión de los sentimientos individuales, las ideas liberales, el desarrollo y expansión de la imprenta en España y la existencia de un número cada vez más amplio de lectoras.

Ser mujer y escritora en el siglo XIX no era precisamente algo muy fácil. Cualquier estudioso conoce los casos de muchas mujeres que, pese a tener la capacidad para escribir bien prosa o verso no eran bien consideradas por la conservadora sociedad decimonónica; y es que el proceso de emancipación femenina fue en España muchísimo más lento que en el resto de los países europeos ya que las libertades propugnadas por los liberales tardaron mucho tiempo en aplicarse al género femenino.

El que la mujer se dedicara a componer versos, cuando antes había sido predominantemente el objeto de la composición de los poetas, generó, a mediados del siglo XIX, opiniones contradictorias por parte de la sociedad. Se hicieron caricaturas en las que se ponía en solfa la figura de la mujer poetisa porque suponía una transgresión de la ley natural.

En muchos casos las autoras se enfrentaron a la sociedad, a sus familias, que en ocasiones no deseaban que se dedicaran a la escritura, e incluso a ellas mismas, puesto que se autocensuraron por temor a las consecuencias que la publicación de ciertos textos podría acarrearles. Este es el caso de Carolina Coronado o de Amparo López del Baño, que censuraron poemas de contenido amoroso.

En muchas composiciones se queja la poetisa del desconocimiento de la mujer, como en el poema que dedica a Alfonso de Lamartine

Postrado el femenil entendimiento
en hondo abatimiento
las vidas silenciosas consumimos;
ajenas a la fama
con que la tierra aclama
Los sabios cuyas lenguas no entendimos

En el mismo poema dice:

Poco de claras letras entendemos
las hembras que nacemos
en el rincón, sin luz, de humilde villa;
y poco nos cuidamos
de ésos que no estudiamos
volúmenes de Francia o de Castilla.

Esta atmósfera opresiva era más patente en las ciudades y localidades pequeñas.

Los que defendían la posibilidad de que la mujer escribiera exigían que ésta se adecuara a las normas culturales y sociales establecidas para el género femenino.

Los escritores que se dignaban prologar los libros de las mujeres, aludían siempre a “la femineidad, la belleza y la bondad de la autora, como méritos supremos”

El escritor Gustave Deville decía:

“la mujer debe ser mujer y no traspasar la esfera de los duros e ímprobos destinos reservados al hombre sobre la tierra. Sea enhorabuena poeta, artista, pero nunca sabia. Sea observadora y analice, pero no tratar por ello de destruir el orden de las cosas establecido.

No debe la mujer dedicarse a tareas relacionadas con la inteligencia o saberes objetivos. Si quiere escribir que escriba sobre ella misma y sus dulces sentimientos. Otra cosa sería una especie de revulsivo dentro de la sociedad.

La mujer tiene que escribir de un modo femenino, dejando traslucir en sus versos cualidades inherentes a su género, como la ternura y la sensibilidad.

De esta manera la escritura femenina es el contrapunto de la masculina, que siempre será considerada la normativa. Y las que no se adecuen a esto serán consideradas masculinas, como en el caso de la Avellaneda.

De todas maneras, el disgusto masculino por estas incorporaciones y otras que siguieron, fue manifiesto durante todo el XIX y queda reflejado en numerosos escritos.

Baste como ejemplo un fragmento de La Regenta de Leopoldo Alas Clarín para ilustrar esto:

(La Regenta, obra cumbre de la literatura española sin lugar a dudas, fue publicada en dos tomos en los años 1884 y 1885, pero según su autor «fue escrita como artículos sueltos» que «según iba escribiendo iba mandando» al editor.

Es un retrato increíble de la sociedad del momento. Contiene una sátira mordaz contra todas las clases sociales, y fundamentalmente contra el clero, al de describe sin piedad. Ana Ozores encarna la idealidad torturada que perece sin remedio ante una sociedad hipócrita.)

Carolina y la Regenta

Cuando las tías de Ana Ozores encuentran un libro de poemas escrito, se quedan estupefactas.

La falsa devoción de la niña venía complicada con el mayor y más ridículo defecto que en Vetusta podía tener una señorita: la literatura.

Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si hubiera visto un revólver, una baraja o una botella de aguardiente. Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas solteronas: “¡Una Ozores literata!”.

El cuaderno de versos se presentó a los padres graves de la aristocracia y del cabildo:

El Marqués de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido, dictaminó que los versos eran libres:
Doña Anuncia se volvía loca de ira:

-¿con que indecentes, libres? ¿Quién lo dijera?
-No Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no tienen consonantes, cosas que tú no entiendes. Por lo demás los versos no son malos. Pero más vale que no los escriba. No he conocido ninguna literata que sea mujer de bien.

Lo mismo opinó el barón tronado que había vivido en Madrid mantenido por una poetisa traductora de folletines.

El señor Repamilán, canónigo, dijo que los versos eran regulares, acaso buenos pero de una escuela romántica-religiosa que a él le empalagaba.

Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudo-clásico; no me gustan aunque demuestran gran habilidad en Anita. Además las mujeres deben ocuparse en más dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.

La marquesa de Vegallana, aventuró su opinión diciendo que para ser literata había que tener mucho talento. Ella, que leía libros escandalosos con singular deleite, encontraba los versos de Ana mojigatos.

Tan general y viva fue la protesta del gran mundo de Vetusta contra los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y engañada por la vanidad.

A solas en su alcoba, algunas noches en que la tristeza la atormentaba, volvía a escribir versos, pero los rasgaba enseguida y los arrojaba por el balcón para que sus tías no diesen con el cuerpo del delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tantos disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma no ser la “literata”, aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.

Las amiguitas que habían sabido algo, y nunca tenían qué censurar en Ana, aprovecharon este punto flaco para ponerla en ridículo delante de los hombres, y a veces lo consiguieron. Hasta le pusieron el mote de Jorge Sandio. (Evidentemente se refieren a George Sand, de manera claramente despectiva)*

Mucho tiempo después de haber abandonado toda pretensión de poetisa, aún se hablaba en su presencia, con maliciosa complacencia, de las “literatas”. Ana se turbaba como si se tratase de un crimen suyo que hubiera sido descubierto.

- En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir, decía el baroncito, creyendo agradarla.

Y Vegallana, a unque sin mala intención, decía:

¿Y quién se casa con una literata? A mí no me gustaría que mi mujer tuviera más talento que yo.
La marquesa, su mujer se encogía de hombros. Creía firmemente que su marido era un idiota. Y pensaba: ¿A qué llamarán talento los maridos?

Y el baroncito:

-Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones.

En definitiva, la opinión de todos era unánime: la mujer literata era un absurdo viviente.

*George Sand, es el pseudónimo de Amandine Aurora Lucile Dupin(1804-1876), baronesa de Dudevant. Escritora prolífica y excepcional, autora de novelas, cuentos, poesía y ensayos, en los que tocó todos los temas relativos a su tiempo. Sus obras superan el centenar. En su vida personal no fue menos extraordinaria. Usaba vestimentas masculinas para circular libremente por París e introducirse en lugares vetados para las mujeres, sobre todo de su condición social. Tuvo numerosos amantes, tras abandonar a su marido, entre ellos Federico Chopin(1810-1849). Vivió una temporada con él en Mallorca, en la cartuja de Valdemosa, que le inspiró su precioso libro: “Un invierno en Mallorca”, publicado en 1855.

Es evidente el desprecio con el que se refieren a ella en la obra de Clarín. La frase “yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones” es una alusión clara a George Sand.


Hay críticos, como es el caso de mi alumna Mª Ángeles Ezama Gil, que sostienen que CC es la poetisa romántica cuya poesía mejor se acomoda a lo que se esperaba de una mujer escritora del siglo XIX, en España. Sus numerosas composiciones dedicadas a flores y aves así parecen acreditarlo

En su composición “Yo tengo mis amores en el mar”, pide disculpas por su exceso de sentimiento que puede no ser pertinente en la poesía de una mujer.

Perdón, amigos, si al sonar mi acento
En el último adiós de despedida
La mente absorta en su ilusión querida,
Arrebató mi voz por un momento.

Y sigue insistiendo en la misma idea cuando escribe

Yo no sé hacer canciones
Que el genio inspira, que el talento ordena.

Es evidente la falsa modestia, que ya habla por sí, de su inteligencia de la que dará pruebas a lo largo de toda su vida. Parece que acepta la idea generalizada de que la mujer no puede componer poemas que impliquen aptitudes intelectuales.

En su composición “Los recuerdos”, leemos:

Yo nada sé /…./
Yo las leyes ignoro de esos mundos,
Que los sabios dignísimos comprenden
Pero sé que, en la tierra, peregrinos,
Hay espíritus mil que son divinos.

Aquí la autora opone la inteligencia racional a la sentimental.

En un poema dedicado a Manuel José Quintana, Carolina reconoce su imposibilidad de imitar a un autor de su talento. De esta forma, Carolina, señala la diferencia entre poeta/poetisa y la diferencia de sus creaciones.

La educación recibida puede que influyera en esta visión de la vida. A veces se revela por el hecho de no haber recibido una educación adecuada y no sólo ser hábil en coser y bordar. En otros momentos se resigna con su condición.

Gracias a su protector H. puede publicar algunos poemas. También él le marca una determinada línea de cómo deben ser los poemas escritos por una mujer.

Carolina no protesta cuando Hartzenbuch le elimina alguna de sus composiciones. Incluso se lo dice en una carta: “Ya presumía mi atrevida persona que la poesía del ¡ay! ¡ay! no podía ser incluida en la colección y estoy satisfecha de ver que es usted de mi opinión”

En una ocasión, después de leer un verso de Hartzenbuch, en el que el autor dice de sí mismo que escribe poco, porque escribe mal, Carolina dice que ella sí que no debería escribir nada, por su falta de talento.

Menos modesta que Hartzenbuch, acaso,
Supliendo a su talento mi osadía
Seis páginas del álbum llenaría
Si no atajaran a mi musa el paso.

Basta con ésta, y aún a ser borrada
Yo la condeno, por mi orgullo loco,
Pues si debe Hartzembuch escribir poco
Yo no debo, en conciencia, escribir nada.

No puede esconder su valía Carolina Coronado tras esta falsa modestia.

En algunos poemas, como “La planta del valle”, la poetisa reivindica la sencillez, la modestia, y lo extraordinario que es vivir en un sitio pequeño en contacto con la naturaleza. Pero también señala su deseo de conocer otros lugares.

LA PLANTA DEL VALLE

Alberto, la débil planta
en campo estéril nacida,
ni tiene muy larga vida
ni puede medrar en él;
no es como el pájaro libre
que, en sus alas trasportado,
si le enoja hoy este prado
habita mañana aquél.

Yo soy planta, entre las piedras,
de un triste valle nacida,
y estoy a la tierra unida
del suelo donde nací;
de una madre, de un hermano
tanto el querer me aprisiona,
que ni por una corona
los separara de mí.

Yo pude ver grandes pueblos
y cruzar soberbios mares
que me inspiraran cantares
dignos de gloria, tal vez;
mas, quise mejor quedarme
sin laureles lisonjeros
que dejar los compañeros
de mi inocente niñez.

Por este santo cariño
que domina mi existencia
con silenciosa paciencia
en la soledad viví;
por eso tu amante ruego
desoye el alma abatida,
por eso la despedida
con llanto amargo te di.

Yo no quiero sin mi madre
partir a tierra ninguna,
y ansia ardiente me importuna
de ver un mundo mejor;
ve, por piedad, tierno amigo,
si es tormentosa la idea
que en lo mismo que desea
halla su pena mayor.

Pienso, a veces, que la hormiga
que se desliza a mi lado
más campiñas ha cruzado
que las que alcanzo a mirar;
y entonces «hormiga —exclamo—
mientras tú buscas semillas,
¡cuántas grandes maravillas
pudiera yo contemplar!»

«Adiós —les digo a las aves
que cruzan por mi ventana—
¿de qué os servirán mañana
ver las orillas del Po;
y de Francia los jardines,
y de América las palmas,
si no tenéis unas almas
para cantarlas cual yo?»

Pero si vienes, Alberto,
con esa dicha a brindarme,
la dejo por no alejarme
del valle donde nací,
y en esta constante lucha
consumirse el alma veo,
pues, ni yo venzo al deseo
ni el deseo me vence a mí.

Por eso, Alberto, la planta
en campo estéril nacida,
ni tiene muy larga vida
ni puede medrar en él:
no es como el pájaro libre
que, en sus alas trasportado//si le enoja hoy este prado
habita mañana aquél.

Comparando estos versos con los de “La poetisa en un pueblo”, podemos observar que lo descrito como un paraje idílico puede trasformarse en elemento opresivo


ROMANCES
LA POETISA EN UN PUEBLO

¡Ya viene, mírala! ¿Quién?
—Ésa que saca las coplas
—Jesús, qué mujer tan rara.
—Tiene los ojos de loca.
Diga V., don Marcelino,
¿será verdad que ella sola
hace versos sin maestro?
-¡Qué locura!, no señora;
anoche nos convencimos
de que es mentira, en la boda:
si tiene esa habilidad
¿por qué no le hizo a la novia,
siendo tan amiga suya,
décimas o alguna cosa?
—Una décima, es preciso
dije— el novio está empeñado:
«ustedes se han engañado
me respondió, no improviso».
—Siendo la novia su amiga,
vamos, ¿no ha de hacerla usté?—
«Pero por Dios, si no sé,
¿no basta que yo lo diga?»
Le volvimos a rogar,
se levantó hecha una pólvora,
y en fin, de que vio el empeño
se fue huyendo de la boda.
Esos versos los compone
otra cualquiera persona,
y ella luego, por lucirse,
sin duda se los apropia.
—Porque digan que es romántica.
-¡Qué mujer tan mentirosa!
—Dicen que siempre está echando
relaciones ella sola.
—Se enseñará a comedianta.
—Ya se ha sentado ¡la mona!
Más valía que aprendiera
a barrer que a decir coplas.
—Vamos a echarla de aquí.
-¿Cómo?— Riéndonos todas.
—Dile a Paula que se ría.
—Y tú a Isabel, y tú a Antonia.
Ja ja ja ja ja ja ja.
¡Más fuerte, que no lo nota!
Ja ja ja ja ja ja ja.
Ya mira, ya se incomoda,
Ya se levanta y se va...
¡Vaya con Dios la gran loca!

Posteriormente Carolina Coronado llegó a escribir que es más importante la mujer que la intelectual, y se retractó de sus poemas reivindicativos: yo me lamentaba en infantiles versos de la esclavitud de la mujer, de su soledad y su tristeza”, y también dice:”yo no soy literata, hice versos desde que supe hablar, dejé de hacerlos desde que aprendí a callar…esos ecos se han escapado de mi alma resignada y silenciosa contra la voluntad mía.

En la composición “Yo no puedo seguirte con mi vuelo”, reconoce que su poesía es diferente a la de otras poetisas del momento, concretamente alude a Gertrudis Gómez de Avellaneda. La valoración de ésta es superior, en esa época, a la de CC.


YO NO PUEDO SEGUIRTE CON MI VUELO

Tú, huéspeda de villa populosa,
yo de valle pacífico vecina,
tú por allá viajera golondrina,
yo por aquí tortuga perezosa:
tú del jardín acacia deliciosa,
yo del arroyo zarza campesina,
¿qué indefinible, rara inteligencia
enlaza seres de tan varia esencia?

El entusiasmo que hacia ti me impele,
la dulce fe que hacia mi amor te guía,
disponen que en amiga compañía,
mi canto unido a tus acentos vuele;
mas yo no sé, paloma, si recele
que, al fin, he de quedar sola en la vía,
pues tal vas ascendiendo por el cielo,
que no puedo seguirte con mi vuelo.

Tú desde el centro de la regia villa
domeñas con la voz los corazones,
yo sólo alcanzo a modular canciones
en honor de la simple florecilla;
ve si el ala podrá, corta y sencilla,
de la alondra, ganar esas regiones
que traspasas, de sola una carrera,
dejando un cielo atrás la compañera.

Si mi ardoroso empeño a ti me envía,
de ti me aparta el genio que te eleva
y sola a conquistar la prez te lleva
que no osara tocar mi fantasía:
pero no temas, no, que el alma mía
de su destino a murmurar se atreva,
pues que suyo será el bello destino
de alfombrarte de flores el camino.

Mas, al fijar la perspicaz mirada
en esa sociedad, cuya existencia
ha menester de intérprete a la ciencia
para ser comprendida y revelada;
afligida sintiendo y fatigada,
acaso tu sencilla inteligencia,
rechazarás el mundo con enojos
y hacia mi valle tornarás los ojos.

¿Y qué hallarás?... La garza en la ribera
del fresno cuelga su morada umbría
y allí anhelante a sus polluelos cría
al par de la amorosa compañera.
Guardan los canes la familia entera
que a su lealtad valiente se confía,
y fiel a su república la abeja
hijos y fruto a la colmena deja.

¿Todas las madres son tan cariñosas
entre esa gente de la raza humana?
¿Custodias tiene la nación hispana
de sus honras y haciendas tan celosas?
¿Las vidas de los hombres generosas
conságranse a la patria soberana?
¿O entre brutos a súbditos y reyes
su instinto vale más que nuestras leyes?

Donde el arte no está, donde alterada
no hallamos la creación en sus hechuras,
no ha menester que tengan las criaturas
muy alta comprensión ciencia elevada;
para cantar del campo embelesada
las risueñas perfectas hermosuras,
basta de mi garganta el leve acento,
y sobra tu magnífico talento.

¿Qué bien hiciera aquí?... ¿dar a estos seres
de paz y dicha y libertad lecciones?
¿Inspirar a las tórtolas pasiones
o a las hormigas enseñar deberes?...
Ve con tan noble empresa a las mujeres
que muestran los llagados corazones,
y de ese ardiente celo el bello fruto
dale a la humanidad, por buen tributo.

Deja que mis estériles canciones
mueran sobre este arroyo cristalino,
y sigue tú, paloma, ese camino
el vuelo remontando a otras regiones;
deja entre los agrestes pabellones
de la alondra perderse el vago trino:
y allá del grande pueblo en el altura,
difundan tus arrullos su dulzura.

Déjame a mí la gloria campesina,
brille en la sociedad tu bella ciencia
que allí a gloria mayor la providencia
tu corazón y tu saber destinas:
¡palpitante lección, viva doctrina
a la ignorancia y femenil demencia!
Serás, entre su especie degradada,
tipo de la mujer regenerada.


Ha sido señalado por la crítica el hecho de considerar la poesía de CC como más femenina, frente a la de GGA, considerada más masculina. De ésta se llegó a decir “Es mucho hombre esta mujer”, frase atribuida a varios autores, como a Bretón de los Herreros, Juan Nicasio Gallego, incluso a otros.

En todo caso, CC.,en ocasiones, mantuvo una postura moderada en cuanto a las reivindicaciones de la mujer escritora. En el prólogo que escribió para las poesías de Robustiana Armiño, decía:

“La señorita Armiño no ha querido adoptar la absurda y ridícula doctrina que pretende emancipar a la mujer de la antigua dependencia de sus consideraciones sociales tal vez porque ha adivinado el lastimoso trastorno que ocasionaría en las familias esa especie de libertad que, a trueque de romper los vínculos más sagrados, quiere conquistar el genio de la mujer”


EN OTRO. FÁBULA. LA POETISA Y LA ARAÑA

Una noche de enero tempestuosa
a la luz que agitaba recio el viento
trasladaba al papel su pensamiento
una mujer, con mano presurosa.

A veces dél la blanca pluma alzaba,
y en alta voz lo escrito repetía,
y sus propios conceptos se aplaudía
y con su misma voz se enajenaba.

Canta a Napoleón, y la cantora
mira la tierra con desdén profundo
que entre sus manos, del Señor del mundo,
tiene la fuerte espada vencedora.

Una araña, que en viejo pergamino
ha tiempo que la escena ve curiosa,
discurre con idea maliciosa
tomar entre los versos su camino.

En tanto que su cuerpo columpiado
en las endebles cañas mueve aprisa,
oye el canto de guerra a la poetisa,
al héroe de la Francia consagrado;

Y cuando ve que en su entusiasmo toca
las nubes y hasta el cielo se levanta
las dos velludas patas adelanta
y en el papel osada las coloca...

Miró junto a sus manos espantada
la niña el negro insecto al pliego asido
y lanzando agudísimo gemido,
cayó de un golpe en tierra acobardada.

Soltó la risa la insolente araña
y exclamó con gozosa altanería:
«¡Que se rinda ante mí la que traía
al gran Napoleón a la campaña!»


Pero aunque parezca contradictorio, CC también tiene hermosas composiciones dedicadas a héroes y reyes.

Con frecuencia C expresa las causas por las que escribe, señalando que con ello se libera de sus penas interiores, en una especie de catarsis a través de la escritura.

En su poema canción, la autora se refiere a esta finalidad de la poesía de dar sosiego a la mujer:


CANCIÓN

Con el otoño perdidas
son las claras y lucidas
alboradas,
y las flores del estío
yacen en el valle umbrío,
deshojadas.

De los árboles desnudos
la vestidura luciente
primorosa,
ya de aquilones sañudos
arrebata la corriente
presurosa.

Al melancólico suelo
ya la lumbre del sol bella
no aparece:
lleno de sombras el cielo,
en las noches ni una estrella
resplandece.

Ya la lluvia se derrama
entre la amarilla grama
y acrecienta,
la desolada tristura
que en la desierta llanura
se presenta.

El campo tristeza ofrece
y la ciudad enfadosa
tedio inspira:
tú mis horas embellece,
compañera deliciosa,
blanda lira.

Otros busquen en buen hora
la dicha de sus amores
ponderada:
¡Tú con risa encantadora
me darás dichas mayores
retirada!


EL TIEMPO

Yo aparezco a la luz de nuestro cielo
palpitando al compás de una armonía;
yo he venido a ascender con nuevo anhelo
sobre el candente sol de la poesía:
y allí en su disco abreviaré mi duelo
en llamas exhalando el alma mía
hasta que blancos a sus rayos bellos
hechos cenizas caigan mis cabellos.

Yo sé que hay un incendio en mi cabeza,
que sólo en armonías exhalado,
puede aliviar al cabo mi tristeza,
desahogando su fuego concentrado;
si siento del amor la fortaleza,
si sufro de las penas el cuidado,
he menester decir lo que padezco,
o en compresión violenta yo perezco.

¿Por qué he nacido así? ¿por qué impasible
con las manos cruzadas sobre el seno,
el agua de los tiempos apacible,
no ve correr mi corazón sereno?
¿Por qué no busca y goza en lo posible
la indiferente paz; sino que lleno
de inquietudes, se agita y desespera
para él hora pasada y venidera?...

¿Cómo permite Dios que en nuestra mente
se refleje también la inteligencia;
y que la fiebre que el ingenio siente
venga a inquietar también nuestra existencia?
¡Es derramar la savia inútilmente
en planta que del hielo a la inclemencia
ha de dar a la tierra inútil fruto,
dándole con mis versos mi tributo!

Lamenta nuestros tiempos, buena anciana,
recuerda aquellos plácidos instantes
en que torciendo el copo de alba lana,
y refiriendo hazañas de gigantes,
viviste alegre tu feliz mañana,
sin enlazar jamás dos consonantes,
como voy a enlazar, diciendo ahora
cualquiera necedad hueca y sonora.

¡Oh tiempo! ¡Oh de este siglo sabias gentes,
cuánto mal a mi espíritu habéis dado!
¡Oh! ¡nunca vuestras luces esplendentes
hubieran mis tinieblas disipado!
Y aún cuando aquellos cuentos de serpientes
de las siete cabezas, que he escuchado
contar de noche cuando niña era,
y aunque en brujas y sábados creyera.

Pero el tiempo no cesa en su camino;
la humanidad viviendo avanza y crece...
Vaya la nuestra andando a ese destino
que la discreta Europa nos ofrece.
Nace el ser, piensa y muere; este el sino;
nace la sociedad, piensa, envejece:
la nuestra está en la edad del pensamiento,
y ni el ser femenil de él está exento.

Mas ¡ay! esta ansiedad, esta fatiga
por descubrir lo raro y escondido;
esta sed de aprender que no mitiga
ni aun lo malo que habemos aprendido;
esta vaga inquietud que nos instiga
a correr tras el siglo fementido,
¡como el ánimo exalta ardiente y loco
y consume los cuerpos en su foco!

¡Ah! si a lo menos fábrica lozana
fuéramos como en tiempos del hebreo,
que estaba de su vida en la mañana,
cuando a su noche toca el europeo;
¡si al menos digna de la especie humana
fuera la arquitectura que ahora veo,
fuerte, merecedora de su nombre,
aun pudiéramos dar gracias al hombre!

Pero es la humana raza ya mezquina,
si en el siglo de Adán robusta era;
debilita, empobrece y contamina
cada generación la venidera;
y no se disminuye, no termina
aunque más envejece y degenera;
a cada nuevo siglo que le hiere
se agrava el mundo más, pero no muere.

¡Calamidad! el joven es anciano,
tiene el niño del joven las pasiones;
la vida corre hacia su fin humano,
rápida en las doctísimas naciones,
pero ¿está el exterminio ya cercano?
¿Guardan raza más fuerte otras regiones
y es Europa no más la que padece
el espantoso mal que la envejece?

¡O Irlanda! ¡O Francia! el vértigo os agita.
De vuestros hijos en las calvas frentes
la juventud en cierne se marchita,
por engendrar las ciencias florecientes:
vuestro saber enerva y debilita
la fuerza corporal de vuestras gentes;
tanto alzaréis la torre del talento,
que os faltara en los hombres el cimiento...

Caeréis. Y el puente de gigante hechura
y arco triunfal de vuestra fama emporio,
serán como el egipcio promontorio,
un desengaño más de la criatura;
entonces, cuando salte en la llanura,
¡que antigua Londres fue ¡tiempo ilusorio!
toro salvaje, y que en la sola arena
la cabrilla montés beba en el Sena!...

¿Qué entonces el vapor, audaz Bretaña...
navegará sobre él lobo marino?
¿qué tu museo, Francia?.. ¿a tu divino
David irá a copiar fiera alimaña?
Nación soberbia que el Océano baña,
¡ríndele entonces gracias al destino,
si del olvido al tiempo venidero
te arranca Byron como a Grecia Homero!

¿Quién os heredará, grandes naciones?
¿Qué pueblo de criaturas destinado
estará a recoger esos blasones,
que de gloria en la tierra hayáis dejado?
El tesoro de egipcias inscripciones
fue por las griegas gentes heredado:
la griega ciencia la heredó el latino;
la triple herencia a vuestras arcas vino.

Poco sabéis para tan larga escuela;
para haber tantos siglos estudiado
sobre la momia de la egipcia abuela,
sobre el cráneo del griego celebrado;
poco os lució de Roma la tutela,
cuando con tal saber no habéis logrado
no detener la vida en su carrera,
pero vivirla en paz, mientras corriera.

América feliz, que se levanta,
cantando libertad, llena de vida,
por los futuros siglos elegida
estará para hollaros con su planta;
la libertad, esa bandera santa,
defenderá tal vez de su caída
más largo tiempo al mundo de los otros...
pero también caerán, como vosotros.

Porque si el tiempo graba allí su huella,
en vano es levantar cien murallones;
en vano es inventar mortal centella;
en vano es el fundir monstruos cañones;
cuando sube a igualarse con la estrella
la cúspide mayor de las naciones,
llega un hora... los reinos se estremecen,
tiemblan, vacilan, caen y desparecen...

Empero, ¿a qué se lanza el pensamiento
a la remota edad, cuando la mía
será tan breve, que en el mundo ciento
y mil generaciones todavía,
antes que se resienta su cimiento,
a padecer vendrán a luz del día?
¿qué he pensado, qué he dicho, qué le importa
vida tan larga a quien la tiene corta?

¡Tiempo en obrar mudanzas infinito!
A ti culpo también de mi poesía,
que allá en los tiempos de la abuela mía
ni hubiera esto pensado ni esto escrito:
hoy tal oso escribir, hoy tal medito,
explayando mi alma en la armonía,
porque sigue también mi pensamiento
de tu exacto reloj el movimiento.


Se duele en esta composición de su propio talento, mejor sería, dice, vivir como en otros tiempos, descuidada de preocupaciones intelectuales.

En la composición La fe loca, reconoce sus aspiraciones poéticas y muestra un claro orgullo, consciente de su valía y de lo legítimo de sus aspiraciones.

LA FE LOCA

Y en tanto que la turba descreída
se mofa de lo bello y de lo santo,
Mi loca fe, mi fanatismo es tanto,
que de error en error desvanecida
tomo por bella flor la hoja caída,
por diamante pulido el rudo canto,
y el lejano silbar de las serpientes
por tonos de gargantas inocentes.

No hay campiña por árida y por fría,
no hay montaña por agria y por salvaje
que no muestre un bellísimo paisaje
a la luz de mi extraña fantasía;
la inmunda tela que la araña cría,
el agua del pantano entre el celaje
miradas por mis ojos a lo lejos,
me parecieron cándidos espejos.

Virtudes hallo donde ven delitos,
inocencia y bondad donde hay maldades,
de ángeles bellos pueblos las ciudades,
que habitados están por los precitos
parécenme los buenos infinitos
en toda condición, todas edades:
y es preciso que el vicio toque y vea
para que al fin en el vicio crea.

No bien ante mis ojos ha caído
la dorada ilusión de una creencia,
cuando me lanzo con mayor demencia
otra a forjar, y el desengaño olvido;
¡ay! nada de experiencia en mí ha podido:
y así como en la infancia mi existencia
de mentira en mentira vuela errante,
ilusa, necia, crédula, ignorante.

Y es gracioso ¡por Dios! ver cómo elevo
culto divino a un ídolo de barro,
que tiene las entrañas de guijarro,
y cuya imagen con ternura llevo:
verdad es que a tocarle no me atrevo,
y se sostiene mi infeliz desbarro
hasta que el falso Dios, que así me trae,
de tan mal amasado, por sí cae.

Y es chistoso también (sábelo el cielo)
cuando el ídolo humano se arruina,
de tanta abnegación pura y divina,
de tanto ardiente amor, de tal desvelo
el premio ver que al desplomarse al suelo
aquella creación pálida y mezquina,
me da de oscuro polvo en pago justo,
de dar a un barro vil un culto augusto...

Alguna vez un alma tierna y buena,
aunque es mi suerte por demás aciaga,
¡ah! vino a iluminar con dicha vaga
el bosque de la triste Filomena:
pero sólo duró una luna llena,
y si bella ilusión aún me embriaga,
si espero algún placer, si en algo fío,
es no más por mi loco desvarío.

Donde los otros ven odio y encono,
el brillo de amistad a mí me encanta,
cada doncella imaginé una santa.
Y de cariño fiel las alcé un trono:
pagóme la mejor con abandono,
mas, rechazando su perfidia tanta,
por la dulce amistad sueño y deliro.
Como por fiel amor canto y suspiro.

La ilusión de la gloria es también mía,
nadie escucha a la oscura Filomena,
alzo la corta voz con larga pena,
y morirá conmigo mi poesía;
pero el amor de gloria me extasía:
De loca fe mi corazón se llena,
y aunque mi voz el viento rechazara,
contra los vientos sin cesar cantara.

No soy feliz —la plácida ventura
más que en mi corazón, está en la mente:
y aun pienso que he llorado amargamente
harto más que debiera un alma pura;
pero mi loca fe dichas me augura
que burla el porvenir constantemente,
y que eternas también se reproducen,
pues al par que unas cesan, otras lucen.

Es bueno Dios; pero a mi triste ruego
jamás detuvo su inflexible fallo:
ni me consuela, aunque paciente callo,
ni me serena aunque en llorar me ciego:
mas con ardiente fe a rogarle llego:
dondequiera que estoy en mí le hallo:
y aunque merezca premio por ser buena,
justo le llamaré si me condena.

También he sido amante de la luna
y tuve en los luceros amoríos:
y a mi bello ideal busqué en los ríos,
y he cifrado en las flores mi fortuna...
Amante como yo no hubo ninguna:
ninguna tuvo iguales desvaríos,
ni en loca fe jamás ninguna amante
ha sido a mis locuras semejante...

¡Inmensa confusión! ¡El mundo, el cielo,
la religión, la gloria, la poesía,
el amor, la amistad!... El alma mía
jamás reposa en su incesante vuelo;—
paso del entusiasmo al desconsuelo,
del agudo pesar a la alegría...
soy mucho para ser del hombre loco;
y para ser de Dios ¡ay! soy muy poco.

¿Qué soy sino una pobre enredadera,
que en el oscuro patio emparedada,
huye la sombra de que está cercada,
su cabeza elevando hacia la esfera?
Pero el rayo del sol, por más que quiera,
no baña su raíz al suelo atada—
huyo el pesar del mundo: aspiro al cielo;
pero el bien celestial no baja al suelo.

¿Qué soy sino una pobre enredadera
que buscando en la tierra amigos lazos,
tiende amorosa sus lozanos brazos
a la vecina planta compañera;
y porque al bronco espino los tendiera,
sus frescas hojas rompe en mil pedazos?...
Busco apoyo en las tiernas emociones,
y hallo tan sólo ingratos corazones.

¡Reíd los que cantáis la fe perdida!,
que ¡vive Dios! a resolver no oso
si es tal vez despreciar diamante hermoso
más necio que estimar piedra fingida;
si es más risible consumir su vida
por un ser ideal y artificioso
que perder por malicia o incerteza
del verdadero amante la terneza.

Y de los dos ridículos empeños,
de entrambas caprichosas necedades—,
ignoro si dudar de las verdades
es más locura que creer en sueños.
No sé si adorar cantos berroqueños,
flores, astros y ríos, cual deidades,
es pecado menor que el culto justo
negar al solo Dios digno y augusto.

Imaginad una ilusión florida:
fundad en ella un porvenir risueño,
sacrificadle la salud y el sueño,
rendidle el alma, el corazón, la vida...
y cuando más celosa y embebida,
y exaltada la améis con más empeño,
la finja más hermosa vuestra mente,
vedla desvanecerse de repente...

¡Ay! como entonces vuestra fe perdida,
incrédulos mancebos, envidiando,
las largas noches las pasé llorando,
de esta mi loca fe ya arrepentida;
pero a nadie culpé: de cada herida,
que en mi entusiasmo joven voy ahondando,
es cómplice no más la fantasía
que me deslumbra, ciega y extravía.

Defiendo, sí, mis bellas ilusiones,
las defiendo atrevida y arrogante,
y desbarato cuantas veo delante
del mundo injustas, ásperas razones...
¡batalla desigual! con mis blasones
escapo al fin, pero jamás triunfante:
¡harto fue el escapar siempre inocente,
siempre noble adalid, siempre valiente!

Vivamos ¡ay! vosotros blasfemando,
yo en cambio de vosotros bendiciendo:
vosotros, sin razón, siempre dudando,
yo también, sin razón, siempre creyendo:
vosotros a los buenos lastimando,
yo por los malos sin cesar sufriendo:
de odio vosotros abrevado el pecho,
y de tierna pasión, el mío deshecho.

Todos seremos ¡ay! muy desgraciados;
vosotros por dureza y egoísmo
solos, sin salvación, precipitados
iréis a dar del tedio en el abismo;
y mis nobles instintos fatigados,
rendida de mi inútil heroísmo,
del juicio, en mi fe loca, sin la guía
vendré a dar en mortal melancolía.

¡Dichosa el alma que lo cierto adora,
y en recompensa de su fe inmutable
tiene seguro el bien de cada hora,
su vida consagrando a lo adorable;
allí no hoy loca fe ni engañadora
duda cruel ni el desencanto es dable.
¡Oh fe de eternal sabiduría
tú sola eres el bien, tú la alegría!
.Badajoz, 1846

Otros oigan extasiados
acentos enamorados,
¡lira mía!
sólo a mí tu canto grave
o tu murmurio suave
me extasía.

Fue siempre CC una mujer comprometida con su tiempo

La primera muestra del compromiso político de Carolina se observa, tal y como relata Isabel María Pérez González, biógrafa y estudiosa de la obra de la autora, en la bandera liberal que una Carolina casi adolescente borda para el batallón de voluntarios anticarlistas:

En 1838 la Diputación de Badajoz sufragó el levantamiento de un batallón de voluntarios anticarlistas que representaba a Extremadura en la contienda civil y Carolina, inflamada por un sentimiento liberal que le venía de familia, se ofreció a bordar el emblema de aquellos soldados. El Boletín de Badajoz publicó el 27 de marzo de 1838 la noticia y el oficio de la Diputación envió a la familia Coronado el agradecimiento a través de un elogioso editorial.


Participa asimismo en la campaña contra la esclavitud, llegando a formar parte de la dirección de la Sociedad Abolicionista de Madrid. Y es de sobra conocida su intervención en algunos de los asuntos que su marido trataba en la embajada (tal es el caso de su oposición a los intereses que EE UU tenía en la isla de Cuba).

Reproducimos aquí el inicio de uno de sus poemas más abolicionistas “Oda a Lincoln”:

¡Lincoln, salud! Tu nombre que ha vencido,

del pueblo el escogido,
atravesando por inmensas olas
el terrible océano,
del mundo americano
ha llegado a estas playas españolas.
Grandioso ejemplo de valor cristiano,
hoy ya tu acento humano
contra la injusta esclavitud levantas,
para que el genio altivo
del pueblo primitivo
rescate el libro de sus leyes santas.



Poeta o poetisa

En estos tiempos tan dados al feminismo, en los que incluso con el lenguaje se llega a extremos absolutamente ridículos, (sirva de breve ejemplo el inefable miembros/miembras), resulta esclarecedor el artículo de CC quejándose del absurdo, y de, para ella, abuso, de calificar de poeta a Gertrudis Gómez de Avellaneda.


Y dice CC que la propia Avellaneda, fascinada por la opinión, llegó a creerse hombre, no hallando inconveniente en mudar su nombre de pila en un nombre masculino para triunfar en un certamen y pretender entrar en la Academia de la Lengua Española. Y sigue diciendo: Después de tantos siglos de esperar la aparición de un astro donde la luz de Safo se reflejase, nos la quieren quitar de nuestro cielo.

Impreca a los poetas: ¿tan pocos sois en la creadora España donde son poetas los legisladores, poetas los diplomáticos, poetas los sacerdotes y poetas los guerreros que necesitáis aumentar vuestro número con el nombre de una mujer?

Se pregunta cuál habrá sido la razón por la que doctores de la ciencia duden del sexo de la Avellaneda.

Ella misma confiesa que durante muchos años creyó que Lamartine era una mujer, porque ¿quién había de pensar que aquel que gemía tan mimosamente era un poeta? Y sigue: y a pesar de ello a ningún crítico francés (y cuidado que los hay extravagantes) se le ha ocurrido colocar a Lamartine entre las poetisas. Aquí, en España, hay algunos poetas cuyo canto afeminado parece arrullo de paloma y, no obstante, los dejo entre los milanos porque no me gusta arrancar a los pájaros de su nido

Es verdad que la Avellaneda es poeta, dice Carolina, pero también es verdad que es poetisa.

Para explicar esto es preciso definir el carácter de algunos talentos. Me parece imperfecta la calificación que se hace del ingenio, llamándole, según su tono, masculino o femenino. Algunos ingenios tienen la doble facultad concedida a los dos sexos. Doble facultad que necesariamente ha de poseer el poeta, y que poseen en grado eminente Shakespeare, Lope, Schiller, Hartzenbuch. No pueden expresarse en el teatro con perfecta propiedad las pasiones de una mujer, ni puede imitarse su acento, si el poeta no tiene la cualidad de sentir e imaginar como una poetisa.

CC ejemplifica lo que dice con la obra de Hartzenbuch, Los Amantes de Teruel.

Hartzenbuch es poeta, pero su genio tiene la doble calidad de poetisa para cuando necesita hacer oír en el teatro el dolorido llanto de una enamorada mujer. La Avellaneda es poetisa pero tiene la doble calidad de poeta para cuando necesita hacer vibrar en las tablas el enérgico grito del guerrero. Isabel es la creación de un poeta. Munio es la creación de una poetisa. Si declaráis poeta a la Avellaneda porque caracteriza a Munio, declarad poetisa a Hartzenbuch porque caracteriza a Isabel. El conjunto de estas dos cualidades es la perfección del genio: sólo poseyendo ambas se es flexible para poder recorrer en la escala del arte todos los tonos y producir todos los sonidos- En lo lírico, en lo dramático, en lo épico. Sólo así puede la Avellaneda escribir una oda, una tragedia y, si quiere, un poema. Pero esto no la despoja de su primitiva esencia de poetisa. La mujer, aunque nazca con dotes de genio varonil, es siempre bastante mujer para ser bastante poetisa.

Pone como ejemplo varias obras de la Avellaneda como poetisa y la Avellaneda como poeta, señalando entre las primeras,

Contemplación, a la Virgen, a Sabater, en las que se percibe un tono lírico más femenino,

Y como poeta:

A Francia, al Escorial, a Washington, composiciones fuertes, enérgicas y valientes.

Un poeta festivo pudo exclamar al leer estas últimas composiciones “es mucho hombre esta mujer”. Yo, al leer las primeras, pensando en que han declarado hombre a su autora exclamo: “es mucha mujer este hombre”

Sigue reflexionando Carolina:

Cuando en un país las mujeres se vuelven hombres es porque antes los hombres se han vuelto mujeres. Si las de la EEMM eran hembras tan delicadas, tan tímidas, tan débiles, consistía en que los varones eran tan rudos, tan fuertes, tan intrépidos, tan soberbios.

Ese bello contraste entre la blandura de un sexo y la dureza del otro era sobre todo por los hábitos de su vida. El hombre aventurero por los campos, la mujer recogida en la torre. El hombre era su guarda y su defensor. Si calumniaban a la dama, el caballero iba a poner su vida en el palenque para defenderla, mientra que ella sólo tenía que bordarle una banda.

Para vivir en un castillo feudal, rodeada de sus damas, esclava a la voluntad de un señor, no necesitaba la mujer esforzarse en demostrar un ánimo más o menos resuelto. Su mayor virtud era el silencio. El caballero la cuidaba, ella sólo debía cuidarse de contar los hilos de su bordado.

Pero eso era en la EEMM. Volved al siglo XIX y fijaos sobre todo en Francia, a ver si podéis distinguir a los dos sexos, como el hombre vaya con sus rizos y sus cosméticos y la mujer con su traje de viajero.

Culpa CC de esta absurda nivelación a dos factores: el comercio y la prensa. Y lo explica así:

El hombre conoció un día que la mujer podía serle útil asociándola a sus especulaciones mercantiles, y este fue el primer paso hacia la libertad de ella, porque aprendiendo a trabajar para su compañero, aprendió a trabajar para sí misma y se halló independiente. Esta independencia le acarreó peligros que se vio precisada a combatir por sí sola.

Los hombres se cambiaron de caballeros feudales en mercaderes. Sus relaciones con la dama no eran para ampararla y defenderla, sino para venderle sus ricas telas. Ya no recibían la banda de manos de la hermosa, eran ellos los que ponían la banda en el mostrador a cambio de dinero.

La mujer salió de su encierro, y entre las libertades que adquirió también estuvo la de escribir y surgió, en Francia, la literata de profesión, la que escribe por encargo, la que asiste a la imprenta día y noche para corregir pruebas, que pone en pleito a los editores. A este término llevan los hombres de la nueva civilización a su antigua prisionera por no saber proporcionarle los medios de emplear bien su talento.

Arremete después duramente contra los editores, cuando dice:

De todos los insectos inmundos que ha producido la corrupción moral de las sociedades modernas, el más repugnante es el editor que abusa del trabajo de las escritoras. ¿Qué pensaríais de un hombre que emplease la fuerza de un niño para sacar agua de una noria? ¿Qué pensáis de esos hombres que emplean el talento de una mujer en sacar pliegos de una máquina?


Llama a los editores especuladores de libros.

Y dice que los hombres tienen un sentimiento de rivalidad hacia la mujer. Rivalidad que no podía existir en los tiempos en que unos eran tan diferentes de los otros. El guerrero no envidiaba a la dama su belleza ni ella envidiaba al guerrero su gloria, pero cuando el hombre se ha adornado con los atributos de la beldad, y la mujer ha puesto en su frente laureles victoriosos, ellos se han sentido humillados y han llamado hombre a la mujer, para no llamar mujer al hombre.

Pero ¿quién ha preparado este camino sino ellos mismos? ¿quién a hecho a la mujer obrera y literata sino es su voluntad?

Ellos han perdido su primitivo poder y ellas su primitiva gracia, ni ellos imponen el respeto por su bravura, ni ellas seducen por el encanto de su modestia. Esto ha destruido la base del amor y ha alterado la armonía entra ambos sexos, sobre todo por la rivalidad antes señalada.

El dardo de la sátira ha herido el corazón de la que era antes el ídolo del caballero, y el desprecio ha reemplazado a la veneración en que el caballero fue tenido en otro tiempo.

Y peor que todo, lo que empezó a ser emulación de gloria, se ha transformado en disputa de codicia, cuando la literatura se convirtió en fábrica de libros y el fabricante hombre y el fabricante mujer escriben y se pelean por ganar sus francos sin distinción de formas, tomando al acaso el seudónimo femenino o masculino, conforme acomode al negocio del impresor.

Pero no siento yo las consecuencias de estos trastornos por los franceses que viven muy contentos con ellos, lo siento por los españoles, cuya especial casta no consiente el rudo cambio con que se la quiere mejorar.

Dice C que la mujer más mujer del mundo es la española. Una francesa puede vestir de estudiante y parecer graciosa. Una inglesa, calva y sin dientes, calados sus verdes anteojos, puede parecer doctor en todas las ciencias- una española, sea doctora, como santa Teresa, o poeta como la Avellaneda, es siempre mujer. Y mujer y poetisa hubiera parecido la Avellaneda entre los españoles.

Dice que hay una España española y una España francesa.

En la española existe todavía esa raza de caballeros fuertes que defienden sus damas. Castellanos que recuerdan la protección del Cid a su Jimena. La España francesa tiene todo lo malo de Francia y absolutamente nada de lo bueno. Tiene su corrupción, su fatuidad y su ligereza, no tiene su viveza, su gracia ni su alegría. La España francesa es una España tan ridícula que la desprecian los propios franceses. Sus individuos tienen el inconveniente de que no los entiende nadie. Si escriben en francés dicen los franceses que aquello es un mal castellano, si escriben en castellano dicen los españoles que eso es un mal francés. Si hablan es para morirse de risa al que los oye. Tampoco saben andar, van arrastrándose por los salones de la moda con el cuerpo torcido y los brazos como dos alas caídas, a manera de gaviota cruzando el golfo.

Estos son los que hacen parecer hombres a las mujeres.

Destaca también de la Avellaneda su talento dramático, sobre todo en la obra “Alfonso Munio”.


La envidia

Con dureza habla CC de la envidia, y la achaca sobre todo a las mujeres, que critican despiadadamente a las que tienen éxito. Pide C respeto para las escritoras que triunfan.

No manejéis las tijeras de la crítica para recortar su fama. Y sobre todo dominad las excitaciones de la envidia, que es la tisis del espíritu humano y la que, con preferencia nos ataca a nosotras.

La atmósfera de Madrid es maléfica para esa enfermedad. Mujeres hermosas veo, pálidas y lánguidas, heridas mortalmente con el eco de los aplausos que se tributan a una poetisa. Damas riquísimas, jóvenes princesas, ahogan suspiros de pena y despecho, y luego, cuando la ovación del público ha pasado, oigo como la calumnia va poco a poco levantando su voz. La calumnia que nace de la implacable envidia y que sabe remedar la verdad, y que sabe engañar a los mismos sabios. Ella no puede quitar sus triunfos a la poetisa, pero se los amarga. Punza su noble orgullo, envenena sus dichas, nubla su horizonte. La calumnia de Madrid, sagaz, activa, profunda, ladina, astuta, hipócrita, invisible, halla medio de colocar una espina en cada laurel. Así, la poetisa que ciñe a sus sienes una corona, queda con la cabeza coronada, pero herida.

Hace luego una valoración del la obra dramática Alfonso Munio, de la Avellaneda, de la que transcribe unos fragmentos.

Termina el artículo dirigiendo un ruego a las poetisas a las que dice:

No reparéis, poetisas en las joyas, no en el oro que el genio alcance en el mundo, reparad sólo en los laureles para que os valgan de altivo estímulo. En otros países la poesía se ha convertido en especulación y la gloria en empresa.

Desea la escritora que eso no ocurra en España. Dice: si nada aquí se librase de la codicia, hagamos que se libre el genio. Harto trafican ya los políticos con la libertad y la religión. Bastantes mercaderes hay ya en Madrid. Los poetas, pero sobre todo las poetisas, han de conservar ilesa y pura la musa que en el pueblo reserva el destino para el consuelo de sus desgracias.

CC que le ha tocado vivir un siglo convulso ensangrentado por guerras civiles, levantamientos, revoluciones, que empobrecieron el país en todos los aspectos, no es extraño que diga: “¡qué pueblo habrá tenido más desgracias que las que tenemos y aguardamos nosotros! ¡qué musa será necesaria para llorar sobre ellas!

Carolina Coronado se queja en muchas ocasiones de la envidia. En su ensayo titulado: Los genios gemelos: Safo y Santa Teresa, dice al respecto:

La belleza del talento ofrece su deleite como la belleza de las formas; y esas mujeres ignorantes y bellas han de irritarse siempre con la que pretenda inspirar a los hombres un sentimiento diferente al que ellas inspiran.

Una poetisa es una rival terrible para toda una generación de mujeres. La aparición de una poetisa es siempre nueva, es siempre extraña, porque no se verifica sino de tarde en tarde, y la sociedad no tiene tiempo de acostumbrarse a su presencia /…/ por un movimiento espontáneo, se forma una cruzada para destruir a la poetisa que se atreve a ostentar un encanto superior al de la hermosura.

Así la envidia dirige los dardos de la calumnia y envenena el nombre que no puede anonadar.

La ironía, ese agudo acero que abre con una sonrisa una herida de muerte en el entusiasmo.

Las mujeres frías, calculadoras, egoístas, malvadas, se recogieron en el círculo de sus leyes femeniles para dejar sola en el ridículo a la que se presentaba a reclamar para su sexo el derecho de la gloria.

Qué hubiera dicho Carolina Coronado. tan sensata ella, tan ecuánime, tan discreta, si hubiera podido leer las sandeces del ecofeminismo.

¿Qué diría de esa manera híbrida y extraña de hablar?, según las ecofeministas ya no se debe decir actor, sino persona que actúa, los futbolistas pasarán a llamarse personas que juegan al fútbol, parados, personas que no encuentran trabajo.

Dicen estas sacerdotisas del nuevo lenguaje, que el ecofeminismo nace como nuevo proyecto político, para plantear una alternativa a la crisis que atraviesa esta sociedad consumista e individualista actual, desde una óptica femenina, dirigida a la sociedad en su conjunto.

Sobre la condición de la mujer en el trabajo:

Pasa por Vitoria camino de la frontera y, mientras atraviesa los campos de Vergara, le sorprende ver mujeres trabajando en oficios de hombres. Este hecho le lleva a reflexionar sobre la consideración de la mujer en ámbitos tan distintos como la literatura y el campo.

Porque este trabajo no alcanza premio; porque no alcanza laureles. No es el esfuerzo del trabajo, sino el éxito del esfuerzo lo que inquieta a los hombres. Excluyen a la mujer de las ciencias y de la literatura, no por el temor de que sufra en la lucha, sino por el temor de que venza. Ellos las dejarían estudiar y examinarse, si hubieran de recibir siempre calabazas.

Yo no abogo por la emancipación del sexo; yo no deseo que las mujeres aprendan ciencias; yo no quiero siquiera que sean literatas; yo maldigo el instinto que pone la pluma en mis manos; pero si al fin han de abandonar sus labores propias, si no han de velar al pie de la cuna de sus hijos, si han de ser leñadores y carreteros, que sean también generales y ministros





Palacio de Mitra

Cuando CC y su marido, Horacio Perry llegan a Lisboa se hospedan en el aristocrático hotel Braganza, y enseguida adquieren una mansión ajardinada, en un paraje de Paço d’Arcos, la quinta de Bessone y su palacete, con un precioso mirador desde donde se divisaba el océano.

Casi al mismo tiempo, como residencia habitual, Horacio Perry compraba al Marqués de Salamanca la quinta de Mitra y su soberbio palacio, situados en Poço do Bispo, a las afueras de Lisboa. La mansión fue construida a finales del siglo XVII como vivienda campestre del arzobispo de Lisboa, Luis de Sousa. Sin embargo, a mediados del XVIII, fue transformada en magnífico palacio por el primer cardenal patriarca de Lisboa, Tomás de Almeida, prohombre de la lujosa corte de Juan V. de entonces provenían los dos grandes obeliscos a ambos lados del portalón de entrada, presidido por las armas del patriarca.


Era un palacio barroco, con una espectacular escalinata doble, y muros profusamente panelados con escenas historiadas y composiciones ornamentales de suntuosa azulejería. Estaba dotado además de una capilla en loor de Nª Sª de la Concepción, de planta elíptica y muros .majestuosamente decorados.


El pintoresco jardín de la quinta, con fértiles huertos y espesa arboleda, tenía lagos, cascadas y fuentes, con estatuas, macizos en flor, vasos, escaleras, muros con azulejos, un auténtico paraíso. En 1860, el marqués de Salamanca, que era uno de los fundadores de la Compañía de Caminos de Hierro portugueses, había adquirido la finca a la prelatura de Lisboa. En 1874 se la vendió a Horacio Perry.

Tenían además los Perry una preciosa villa en Paço D’Arcos, Bessane, y recién llegados a Lisboa residieron en el lujosa hotel Braganza,

A sus residencias acudía lo más florido de la sociedad lisboeta. Era una continuación de las tertulias españolas. Personalidades como el Marqués de Fronteira, el señor de Lancaster, los marqueses de Oldoini, embajadores de Italia y Américo Veirao. También recibían a compatriotas españoles, algunos de ellos exiliados por su afiliación carlista, a pesar de que CC era contraria a D. Carlos. Pero eso también sucedía en España, que recibía a personalidades de todas las filiaciones.

Entre los exiliados españoles, los había de origen extremeño, como era el caso de los marqueses de Torres Cabrera, familia carlista de Villanueva de la Serena. Con ellos estaban los dos hijos menores, Teresa y Pedro Mª. La amistad era tan grande que en el 1975, cuando Teresa se casó con Miguel Muñoz de San Pedro, la boda se celebró en la capilla de Mitra, actuando Horacio Perry como uno de los testigos. Posteriormente, cuando el marqués de Torres Cabrera murió en el destierro, su hijo Pedro permaneció en Lisboa donde ejercía como abogado, y era uno de los tertulianos más asiduos, acabando por casarse con Matilde, ya viuda CC, con gran disgusto por parte de ésta, que entendió que le robaba a la hija. Ya en la última etapa de su vida y con rachas de demencia que alternaban con otras de lucidez y clarividencia extraordinarias, cayó en la manía de obligar a su hija, ya casada con Pedro Mª, a que durmiera con ella en su habitación. La pobre Matilde tenía que vivir entre el piso de abajo, donde vivía su marido, y el de arriba, donde vivía la madre´.

Entre las personalidades que la visitaron en sus últimos tiempos estaba el escritor portugués Fialho de Almeida.

(José Valentin Fialho de Almeida)
 (Vila da Frades, 1857 - 1911) Escritor portugués. Hijo de un maestro rural, de quien recibió los primeros rudimentos culturales, marchó en 1866 a Lisboa, donde en el Colegio Europeo siguió los estudios elementales, que terminó en 1872. En su autobiografía se definió "un muchacho triste y tranquilo", aunque su espíritu alentara instintos de rebelión contra la miseria que le apenaba. 
Durante siete años, hasta 1880, trabajó como dependiente en una farmacia del Largo de Mitelo; pero los escasos ingresos que tal empleo le proporcionaba le forzaron a dar lecciones particulares y a colaborar en revistas de ínfima categoría. Mientras tanto, matriculado en el liceo para no "pudrirse entre emplastos y píldoras", leía afanosamente las obras de los escritores portugueses más ilustres posteriores a 1830.
El primer año de sus estudios universitarios en la Escola Politécnica quedó interrumpido por la muerte de su padre. Graduado, a costa de grandes sacrificios, en Medicina, ejerció por breve tiempo la profesión médica y tendió a cultivar únicamente las Letras. En 1881 publicó su primer libro de narraciones (Contos), dedicado a Camillo Castelo Branco, y el año siguiente La ciudad del vicio, posiblemente su mejor obra narrativa.
Alentado por un sentimiento de rebeldía contra la aristocracia y la monarquía, en 1889 aceptó con entusiasmo la propuesta del editor Alcino Aranha, de Oporto, para la publicación de una crónica (al principio mensual y luego semanal) de la vida portuguesa inspirada en las Farpas de Ramalho Ortigão; tales relatos, aparecidos con el título de Os gatos de 1889 a 1894, convirtieron a Fialho de Almeida en uno de los liberalistas europeos más característicos de los últimos años del siglo pasado.
Colaboró además en periódicos y otras publicaciones de Portugal y el Brasil, y compuso crónicas (firmadas con el seudónimo de "Valentim Demónio") y críticas literarias y teatrales; fue célebre la amargura con que conmemoró la muerte de Eça de Queiroz. Narrador admirable además de periodista, dio a la literatura portuguesa algunas de sus páginas más significativas.
Publicó aún los libros Pasquinadas (1890), Lisbõa galante (1890), Vida irónica (1892), El País de las uvas (1893) y A Esquina (1903). Casado con una parienta provinciana, en los últimos años de su vida se retiró al nativo Alemtejo, donde llevó una existencia de pequeño propietario rural. Póstumas aparecieron Barbear, Pentear (1911) y otras colecciones de su mejor producción periodística.)


Parece ser que Fialho de Almeida leyó unos poemas de CC que le impresionaron por la fuerza de sus imágenes y la claridad de sus ideas, y quiso visitarla, para lo que acudió a unos amigos que hicieron posible el encuentro en el palacio de Mitra, por cierto ya con signos claros de abandono, tanto en sus salones, con muebles envejecidos, como en el jardín, con escalinatas enmohecidas y tramos sepultados por una vegetación descuidada.



Carolina se presentó ante Fialho, completamente vestida de negro, y con una mantilla española cubriendo sus blancos cabellos. El escritor portugués, se quedó admirado de los “inmensos ojos de C. rejuvenecidos por el fulgor del genio”. Carolina le habló de lo que sentía que en tiempos de Felipe II, éste no hubiera sabido mantener la unión de Portugal, para que España y Portugal fueran un territorio mayor que Francia y con una potencia ultramarina superior a Inglaterra. Después preguntó a Almeida por sus lecturas y al ver que éste conocía todos los autores de los que ella le hablaba, le dijo “usted es un portugués muy sabihondo”.

Dieron un paseo por el fascinante jardín y observó Fialho: “Aquí se vive en plena naturaleza”, y contestó vivamente Carolina: “No, aquí se muere en plena soledad”.

Imaginamos la impresión que produciría en un espíritu tan sensible como el de Fialho, el encuentro con la octogenaria Carolina, tan lúcida e inteligente, pero tan llena de dolor y nostalgia.

Por cierto, los dos murieron en el mismo año, 1911, Carolina con 91 años, Fialho con 53.

Muerte de CC

El día 15 de enero de 1911 se apaga definitivamente la llama de la inmortal Carolina Coronado, a quien hace muchos años han dejado sola sus contemporáneos. Y sin embargo, la gran poetisa, aun a pesar de los cambios sufridos en las nuevas corrientes literarias de finales del siglo XIX y principios del XX, no había sido olvidada por los actuales poetas, para los que sigue siendo su guía, como podemos comprobar en los numerosos homenajes y páginas de ensalzamiento, tanto a su obra como a su persona, en los días posteriores a su fallecimiento en la capital del país vecino, donde vivía recluida (por respetuoso deseo del gobierno portugués) en el vetusto y hermoso palacio de la Mitra, vendido por su hija Matilde al no poder pagar los gastos de conservación del mismo y viviendo de las traducciones que ésta hacía para poder mantener a la vieja dama del romanticismo.

Pero esta anciana de negras vestimentas que pasea su soledad por los hermosos y medio abandonados jardines de su palacio, nunca romperá definitivamente con el mundo –mucho menos con su patria– estando al tanto de los principales acontecimientos que se producían, e incluso, volviendo a componer, con una claridad de ideas y la belleza de su prodigioso talento, algunos versos que nos llenan de asombro, como es el caso del homenaje que le rinde a su paisano Espronceda cuando se entera del traslado de los restos del querido maestro desde el humildísimo y olvidado nicho de la Sacramental de San Nicolás, al Panteón de Hombres Ilustres del siglo XIX del cementerio de San Justo. O el que algunos estudiosos de la obra de Carolina consideran que fue su última composición, fechada en 1910, con más de noventa años sobre sus espaldas:

Quejarse es protestar; la pena es muda
cuando oprime con ruda persistencia,
sólo el silencio al desgraciado escuda
para ocultar al mundo su existencia.
Silencio el infortunio necesita
para templar su natural encono,
y mejor que el consuelo, que le irrita
sufre del ser humano el abandono.
Si véis que aún vivo, y de mi larga vida,
conservo el hilo por seguir viviendo,
no es que a vivir el goce me convida,
pues es más goce descansar muriendo.
Es que cumplo la ley de mi destino,
dócil, sumisa al que gobierna el alma,
sin que el dolor cruel, en mi camino
logre irritar mi resignada calma.

El día 19 de enero de 1911 llegan los restos mortales de Carolina Coronado y los de su esposo Horacio Perry a la estación de ferrocarril de Badajoz, ciudad que por expreso deseo de la escritora iba a ser su última morada. Después de las firmas de rigor por parte de las autoridades sanitarias pacenses haciéndose cargo de los lujosos féretros de caoba con incrustaciones de plata, se le rezó un responso en la humilde iglesia de la barriada de La Estación, para, a primeras horas de la tarde, seguidos por un cortejo oficial de autoridades de la región, representantes de las sociedades culturales extremeñas y de una silenciosa multitud de vecinos que, sobrecogidos y silenciosos, vieron pasar los dos coches fúnebres, recibir sepultura en el cementerio de la vieja ciudad en la que había pasado su juventud y en la que se le recordaba con verdadero cariño.


Al día siguiente, 20 de enero, el periódico local La Coalición, daba en sus páginas cumplida reseña de los funerales: A las siete y cuarto de la mañana de ayer llegaron a la estación en tren correo de Lisboa el cadáver de la ilustre poetisa Carolina Coronado y Romero y los restos de su esposo Mr. Perry.

En un vagón enlutado y convertido en capilla ardiente, venían aquellos, encerrados en magníficas cajas de caoba con herrajes y adornos de plata, y sobre los mismos una hermosa corona en cuya cintas moradas se leía la dedicatoria a Carolina Coronado de sus sobrinos los señores de Burnay, y una preciosa cruz de flores naturales entre las que descollaban hermosísimas camelias, violetas dobles y otras preciosas y variadas flores dedicadas a la eximia escritora por el director de la Compañía de cables de Lisboa.

Acompañando los cadáveres venían en el tren portugués el hijo político de los finados, D. Pedro Torres Cabrera, y uno de sus sobrinos.

Esperaban en el arcén de la estación, el señor cura párroco de la barriada de La Estación, D. Felipe Carazo, en representación de la familia; el inspector provincial de Sanidad, y representación del Ateneo y de la prensa de esta capital y de los corresponsales de Madrid.

Cumplidas las formalidades de rúbrica fueron transportados los féretros a hombros a la iglesia parroquial de La Estación, seguidos de la comitiva, siendo depositados en sencillos túmulos, donde esperaron la hora de ser conducidos al cementerio en medio de una manifestación de duelo a la que ha acudido todo el pueblo de Badajoz, rindiendo el merecido tributo a la cantora de las glorias extremeñas.

Al llegar a la iglesia, el señor cura de la parroquia de La Estación rezó el responso de rública.

Se enterraba al personaje y nacía la leyenda. Sí, decimos bien, leyenda; porque al margen de los grandes méritos que atesoró en vida Carolina Coronado y de la importancia de su obra literaria, creemos que sin la aureola de “misterio”, muerte y resurrección de la dama, dimes y diretes sobre los presuntos no enterramientos de sus hijos y de la más que improbable presencia física del cadáver de su esposo en la capilla del palacio de la Mitra, a lo que hay que añadir sus “cotilleos” de dama de la alta sociedad madrileña con la misma reina Isabel II y sus más que probadas intervenciones, en algunos casos muy concretos, en la política de Estado (¿fue la casa de Carolina lugar de encuentros amorosos de la escandalosa y frívola Isabel?), la figura de la poetisa habría llegado hasta nuestros días con más rigor y menos deformación de la realidad, aunque ella hiciera mucho para alimentar estas historias desconcertantes.

No vamos nosotros, en estas breves notas de homenaje en el primer centenario de su muerte, a volver a recuperar su biografía, por otra parte tan numerosas como altísima calidad, en algunos casos, y sí denunciar lo que consideramos un despropósito por parte de las autoridades civiles y académicas al olvidar el merecido homenaje a una de las grandes figuras literarias extremeñas que, al mismo tiempo, fue la gran embajadora y defensoras, durante muchos años, de su tierra de nacimiento. Si el centenario en 2010 del bibliógrafo don Antonio Rodríguez-Moñino se hizo a “trancas y barrancas” y con la improvisación de quienes no tienen muy claro qué significa homenajear a nuestros grandes personajes, el olvido de la figura de la poetisa Carolina Coronado (hasta estos momentos y pasada ya la fecha del centenario de su muerte), vuelve a denunciar el poco aprecio que en Extremadura tenemos por la Cultura y por quienes la representan.

Estamos a tiempo. El año es largo y, todavía, es tiempo de que nuestros universitarios, nuestros escolares, de la mano de sus profesores, de sus munícipes, de sus autoridades políticas, corrijan este olvido y se vuelquen en homenajearla. Un olvidado nicho en el viejo cementerio de Badajoz está esperando las manos juveniles (que ella tanto amó y a las que tantos poemas escribió) que le ofrezcan una flor o recen una oración por su alma. Nosotros así lo hacemos.