viernes, 17 de septiembre de 2010

Altered States


Por Richard Feynman

Solía dar una lección todos los miércoles en la Compañía Hughes Aircraft. Un día que llegué allí antes de la hora estaba yo como de costumbre flirteando un poco con la recepcionista, cuando llegaron media docena de personas —-un hombre, una mujer, y algunas otras—a quienes yo no había visto nunca. “¿Es aquí donde el profesor Feynman está dando unas conferencias?”

“Aquí es”, respondió la recepcionista.

El hombre preguntó si su grupo podría asistir a las conferencias.

“No creo que vayan a gustarles mucho —les dije yo—.Van de cosas técnicas.”

La mujer, que era muy lista, me descubrió muy pronto: ”Seguro que usted es el profesor Feynman.”

Resultó que el hombre era John LiIIy, quien anteriormente había estado realizando investigaciones con delfines. Su esposa y él estaban efectuando ciertos estudios sobre la privación de estímulos sensoriales y habían construido unos tanques de aislamiento.

“¿Es cierto que se experimentan alucinaciones en esas circunstancias?”, pregunté yo, lleno de curiosidad.

"Es verdaderamente cierto, si."

Yo siempre he sentido una especial atracción por las imágenes procedentes de sueños y por otras imágenes que se forman en Ia mente sin fuente sensorial directa; siempre he querido saber cómo puede la mente llegar a crearlas y yo quería ver alucinaciones. En cierta ocasión pensé en probar drogas, pero me asusté: a mi me encanta pensar, y no quería averiar la maquina. En cambio, me pareció que limitarse a estar echado en una cámara de privación sensorial no comportaría ningún peligro fisiológico, y estaba muy ansioso por probarlo.

Acepté rápidamente la invitación de los Lilly para usarlos tanques—una invitación muy amable por su parte—y ellos y su grupo entraron a oír mi conferencia.

Así que a la semana siguiente fui a probar los tanques. El Sr. Lilly me los fue mostrando de igual manera que sin duda lo había explicado antes a muchos otros. Había y un montón de bombillas similares a las de neón, rellenas de distintos gases; Me mostro una tabla periódica y me largo un montón de palabrería mística relativa a las distintas influencias de las diferentes clases de luz. Me explico cómo se prepara uno para meterse en el tanque, para lo cual hay que mirarse en un espejo con la nariz hacia arriba y apoyada contra él; en fin, toda clase de absurdos y memeces. Yo no presté ninguna atención a todas esas bobadas, pero si me presté a hacer todo aquello, porque quería meterme en los tanques, y porque pensé que quizá tales preparativos sirvieran para facilitar la aparición de alucinaciones. Así pues, fui pasando por todo y fui haciendo todo cuanto me dijo. Lo único que me resulto difícil fue elegir el color de luz que yo quería, especialmente si se tiene en cuenta que estaba previsto que el tanque estuviera totalmente a oscuras.

Un tanque de privación sensorial es como una gran bañera que estuviera provista de tapa para cerrarla por arriba. El interior está completamente a oscuras, y como la tapa es muy gruesa, tampoco se oye sonido alguno. Hay una pequeña bomba para la renovación del aire, pero en realidad no es necesaria, dado que el volumen de aire contenido en la cámara es bastante grande y uno solamente permanece dentro de ella dos o tres horas y si se respira normalmente el volumen de aire que se consume no es demasiado grande. El Sr. Lilly dijo que las bombas no tienen más papel que tranquilizar a la gente, así que me figuré que lo del aire seria puramente psicológico, y le dije que apagara la bomba, porque hacia un poquito de ruido.

El agua de los tanques tiene sales de Epsom, para hacerla más densa que el agua normal, por lo cual se flota en ella con bastante facilidad. La temperatura se mantiene a la temperatura corporal, o a 35°C, o algo por el estilo —Lilly lo tenía todo calculado. Lo que se pretendía era que no hubiese luz alguna, ni sonido, ni sensaciones térmicas. ; Nada de nada! De cuando en cuando podía uno ir a la deriva y chocar contra un costado, o quizá la condensación de la tapa del tanque hiciera caer alguna gota; pero estas ligeras perturbaciones eran muy raras.

Debí de ir como una docena de veces, pasando cada vez alrededor de dos horas y media- en el tanque. La primera vez no experimenté alucinación alguna; pero des pues de haber estado en el tanque, el matrimonio Lilly me presento a un hombre que se anunciaba como médico, quien me hablo de una droga llamada cetamina, utilizada como anestésico. Yo he estado interesado desde siempre por las cuestiones relativas a lo que ocurre cuando uno se va a dormir, o lo que pasa cuando uno pierde el sentido, y ellos me mostraron los prospectos de la medicina y me dieron la décima parte de la dosis normal.

Sentí esa extraña sensación que nunca he podido averiguar en qué consiste siempre que he tratado de caracterizar el efecto exacto. Por ejemplo, la droga me produjo gran efecto en la visión; tenía la sensación de no poder ver claramente. Pero cuando miraba algo con intensidad, lo veía perfectamente. Era en cierto modo como si uno no quisiera molestarse en ver las cosas; uno está haciendo torpemente esto y aquello, sintiéndose ofuscado; pero en cuanto se concentra y mira, todo vuelve a la normalidad, al menos durante un momento. Cogí un libro de química orgánica que tenían allí; estuve mirando una tabla de complicadas sustancias, y para sorpresa mía fui capaz de leerlas.

Hice otras muchas cosas, como separar las manos una cierta distancia y volverlas a juntar para ver si era capaz de hacer coincidir los dedos, y aunque tenía una sensación de completa desorientación y un sentimiento de incapacidad para hacer prácticamente nada, por más que probé no encontré ninguna cosa especifica que me resultara imposible.

Como ya he dicho antes, la primera vez que estuve en el tanque no experimenté ninguna alucinación, y la segunda vez, tampoco. Pero los Lilly eran personas muy interesantes; me agradaban mucho, muchísimo. Con frecuencia me invitaban a almorzar y demás, y al cabo de poco estábamos hablando de las cosas a un nivel muy distinto del primer rollo de las luces. Me di cuenta de que a otras personas la privación sensorial les resultaba un tanto intimidante, pero para mí no era sino un invento muy curioso. Yo no sentía miedo, porque sabía exactamente en qué consistía: un mero tanque de sales de Epsom.

En la tercera ocasión en que fui a casa de los Lilly estaba de visita un hombre —conocí allí a muchas personas interesantes— que se hacía llamar Baba Ram Das. Era un tipo de Harvard que había estado en la India, y había escrito un libro popular titulado Be Here Now. Nos refirió que su gurú le había enseñado a tener "experiencias extracorpóreas" (palabras que yo había visto escritas muchas veces en el tablón de anuncios): había que concentrarse en la respiración, en la entrada y la salida del aire por la nariz al respirar.

Yo estaba dispuesto a probar cualquier cosa con tal de tener una alucinación, y volví al tanque. En cierta fase del juego descubrí de pronto que me encontraba como dos centímetros hacia un lado; resulta difícil de explicar. Dicho de otro modo: el punto por donde entraba y salía mi aliento no está centrado; mi yo está un poquito fuera de su lugar, hacia un lado, cosa de un par de centímetros. Yo pensé: "Vamos a ver, ¿donde reside mi yo? Ya sé que todo el mundo piensa que el pensamiento se asienta en el cerebro, ¿pero cómo lo saben? Por lo que he ido leyendo, la cosa no estaban nada clara antes de que se hicieran un montón de estudios psicológicos. Los griegos, por ejemplo, pensaban que el pensamiento residía en el hígado." Me pregunté: "¿No es posible que los niños vayan aprendiendo donde reside el yo al ver a los mayores cuando dicen “Déjame que lo piense” y apoyan la cabeza en la mano?" ; Así pues, la idea de que el yo esta alojado allá arriba, tras los ojos, podría ser convencional! Me figure que si podía mover mi yo unos centímetros hacia un lado podrían llevarlo más lejos. Este fue el comienzo de mis alucinaciones.

Probé, y al cabo de un rato logre que mi yo fuese bajando por el cuello hasta el pecho. Cuando caía una gota de agua y me daba en el hombro, la sentía “allá arriba”, por encima de donde “yo” estaba. La caída de la gota me sobresaltaba un poquito, y entonces mi yo ascendía a través del cuello hasta su lugar habitual. Tenía que repetir todo el esfuerzo de hacerlo bajar. Al principio me costaba muchísimo, pero gradualmente me fue resultando más fácil. Logré finalmente llevarme a mí mismo hasta el bajo vientre, hacia un lado; pero durante algún tiempo fue ahí lo más que conseguí llegar.

En otra de las ocasiones en que estuve en el tanque decidí que si podía llevarme a mí mismo hasta la pelvis, debería ser capaz de salir completamente de mi cuerpo. Logre así “sentarme al lado”. No es fácil de explicar, podía mover las manos y agitar el agua, y aunque no podía verlas, sabia donde estaban. Pero a diferencia de lo que ocurre en la vida real, en que las manos se encuentran una a cada lado, y hacia abajo del cuerpo, ¡ahora tenia las dos del mismo lado! La sensación de tacto de los dedos y todo lo demás era exactamente como siempre, solo que mi yo estaba sentado afuera, “observando” todo aquello.

Desde entonces tuve alucinaciones casi todas las veces y fui capaz de alejarme más y más de mi cuerpo. Resulto que cuando movía las manos las veía como si fuesen objetos mecánicos que iban subiendo y bajando; no eran de carne, eran mecánicas. Pero todavía era capaz de sentirlo todo. Las sensaciones eran perfectamente coherentes con los movimientos; tenia, empero, aquella sensación de que “el era eso”. ”Yo” llegue incluso a salir de la habitación y dar vueltas por ahí, y alejarme a cierta distancia a lugares donde habían ocurrido cosas que yo había visto anteriormente, quizá algún otro día.

Tuve muchos tipos de experiencias extracorpóreas. En cierta ocasión, por ejemplo, pude “verme” el cogote, que yo tenía apoyado en mis manos entrelazadas. Cuando agitaba los dedos los veía moverse; pero entre los dedos y el pulgar veía el cielo azul. Evidentemente, aquello era incorrecto; se trataba de una alucinación. Pero lo que importa es que al mover yo los dedos, su movimiento era exactamente coherente con el movimiento que yo imaginaba estar viendo. Aparecía la escena visual completa y era coherente con lo que uno sentía y hacia, de modo muy parecido a cuando uno se va despertando lentamente por la mañana y está tocando algo (que no sabe lo que es) y de pronto aparece claro de qué se trata. Así pues, aparecía de pronto el juego completo de imágenes; lo que pasa es que no son las imágenes habituales, en el sentido de que de ordinario uno se imagina que el yo ha de estar situado por delante de la nuca, y en cambio ahora uno lo tiene por detrás.

Una de las cosas que psicológicamente me tenían siempre inquieto mientras estaba experimentando una alucinación era que pudiera haberme quedado dormido y que por consiguiente estuviera soñando. Yo había tenido ya experiencias de sueños y lo que deseaba era una experiencia nueva. Era algo bastante tonto, porque cuando se están teniendo alucinaciones y cosas así no se tiene la mente muy clara y entonces uno hace cosas idiotas como cerciorarse de que no está durmiendo. Así que continuamente estaba comprobando que no soñaba, y como muchas veces tenía las manos detrás de la nuca, lo que hacía era frotarme los pulgares uno contra otro para sentirlos.

Evidentemente, podría haber estado soñando aquello, pero no era así: sabía que la cosa era real. Pasada la novedad, cuando el sobresalto de tener una alucinación las hacia “saltar”, o sea, dejar de ocurrir, logré relajarme y tener largas alucinaciones. Una o dos semanas después, estaba yo pensando muchísimo en los paralelismos entre el funcionamiento del cerebro y un ordenador y muy especialmente en la forma en que se almacena la información. En este campo, uno de los problemas más interesantes es el de como quedan los recuerdos registrados en el cerebro: a diferencia de lo que sucede en una maquina, se puede acceder a ellos por muchos caminos; no es preciso llegar dando directamente a la memoria la dirección correcta donde están alojados. Por ejemplo, me puede hacer falta la palabra “renta" al hacer un crucigrama, porque esté buscando una palabra de cinco letras que empiece por r y termine por a; puedo estar pensando en diferentes tipos de ingresos; o en actividades de préstamo o alquiler; a su vez, desde aquí puedo llegar a toda clase de recuerdos o informaciones relacionadas con estas ideas. Pensé en cómo hacer una “máquina imitadora”, capaz de ir aprendiendo un lenguaje de igual modo que hace un niño: a base de irle uno hablando a la máquina. Pero no logré imaginar cómo almacenar la información de modo organizado, de modo que la máquina pudiera irla recobrando para sus fines propios.

Cuando me metí en el tanque de aislamiento aquella semana y tuve mi alucinación, traté de rememorar mis mas tempranos recuerdos. No hacía más que decirme a mí mismo: ”He de llegar mas atrás, he de llegar mas atrás.”

Nunca me daba por satisfecho, mis recuerdos no eran suficientemente tempranos. Cuando lograba alcanzar un recuerdo de algo muy lejano —por ejemplo, de Far Rockaway, mi villa natal, inmediatamente arrastraba consigo toda una serie de recuerdos, todos de Far Rockaway.

Si entonces pensaba en algo de alguna otra ciudad —Cedarhurst—, o así también se venía detrás otro montón de cosas de Cedarhurst. Me dí cuenta así de que las cosas están almacenadas según el lugar donde se tuvo la experiencia.

Aquel descubrimiento me hizo sentirme muy bien. Salí del tanque, me duché y vestí, y arranqué en mi auto hacia Hughes Aircraft para dar mi lección semanal. Así pues, pasaron unos tres cuartos de hora desde que salí del tanque hasta que de pronto me dí cuenta por primera vez de que no tenía ni idea de cómo se almacenan realmente los recuerdos en el cerebro; ¡todo cuanto tenía era una alucinación relativa a cómo se almacenan los recuerdos en el cerebro! Lo que había ”descubierto” no tenía nada que ver con la forma en que el cerebro almacena sus recuerdos; tenía que ver, únicamente, con la forma en que yo estaba haciendo juegos conmigo mismo.

En las numerosas discusiones que sobre las alucinaciones tuvimos en mis primeras visitas, había estado tratando de explicarle a Lilly y a otros que la imaginación de que las cosas son reales no representa realidad auténtica.

Si uno ve varias veces globos dorados, o algo por el estilo, globos que le hablan a uno durante la alucinación y le dicen que son otra inteligencia, eso no significa que sean otra inteligencia; lo único que significa es que uno ha tenido esa determinada alucinación. Así pues, tuve esa tremenda sensación de haber descubierto como se almacenan los recuerdos, y me sorprende que tardase 45 minutos en darme cuenta del error que yo había estado tratando de hacer ver a todos los demás.

Una de las cuestiones en que estuve reflexionando fue si con las alucinaciones pasa lo que con los sueños, que se ven influidos por lo que uno tiene en la mente, como las experiencias del día o de días anteriores o deseo que uno tenga de ver determinadas cosas. En mi opinión, la causa de que yo tuviera una experiencia de extra corporeidad fue que habíamos estado hablando de ese tipo de experiencias justamente antes de meterme yo en el tanque. Y la razón de que tuviera una alucinación relativa a la forma en que son almacenados los recuerdos en el cerebro fue, me parece a mí, que yo había estado toda la semana pensando en ese problema.

Dediqué no poco tiempo a discutir con las diversas personas que allí había la realidad de las experiencias. Ellos argüían que en las ciencias experimentales un fenómeno se considera real si la experiencia es reproducible. Así pues, si una y otra vez la gente ve globos dorados que les hablan, los globos tienen que ser reales. Lo que yo aducía era que en tales situaciones se solia comentar el tema de los globos dorados antes de meterse uno en el tanque, y asi, cuando la persona que esta experimentan do la alucinación —cuya mente estaba pensando ya en globos dorados al meterse en el tanque— ve alguna aproximación de los globos (supongamos que los ve azules, por ejemplo), cree estar reproduciendo la experiencia. Yo tenía la certeza de poder comprender la diferencia entre el tipo de acuerdo que se produce entre personas cuyas mentes están predispuestas a estarlo y el tipo de acuerdo que se puede obtener en el trabajo experimental. ¡Resulta curioso que sea tan fácil apreciar la diferencia y tan difícil definirla!

Estoy convencido de que no hay en las alucinaciones nada que tenga que ver con elementos extraños al estado psicológico interno de la persona que experimenta la alucinación. Existen, sin embargo, un montón de experiencias de un montón de personas que creen en la existencia de una realidad externa en las alucinaciones. Esa misma idea general puede explicar el relativo éxito que tienen los intérpretes de sueños. Por ejemplo, algunos psicoanalistas interpretan los sueños hablando del significado de diversos símbolos. Y claro, no es completamente imposible que tales símbolos aparezcan realmente en los sueños subsiguientes. Considero, pues, que tal vez la interpretación de los sueños y las alucinaciones sean fenómenos auto propagantes: a grandes rasgos, uno tendrá cierto éxito en el empeño, sobre todo si los analiza cuidadosamente por anticipado.

Normalmente, para desencadenar una alucinación me hacen falta unos quince minutos; pero en unas cuantas ocasiones en que fume antes un poco de marihuana, la alucinación me sobrevino muy rápidamente. De todos modos, un cuarto de hora ya es para mi suficientemente rápido.

Una de las cosas que me ocurrían con frecuencia era que cuando se aproximaba la alucinación, me llegaba lo que se podría denominar “desperdicios”: imágenes sencillamente caóticas, residuos caóticos. Traté de recordar algunos de los elementos que aparecían en estos desperdicios, al objeto de poder caracterizarlos otra vez; pero eran particularmente difíciles de recordar. Creo que me estaba aproximando al tipo de cosas que acontecen cuando uno comienza a dormirse: aparentemente hay conexiones lógicas, pero cuando uno trata de recordar qué fue lo que le hizo pensar en lo que está pensando, es imposible acordarse. De hecho, no tarda en olvidarse qué es lo que uno está tratando de recordar. Tan solo puedo recordar cosas como un cartel blanco con una mancha de barro, en Chicago, que luego desaparece. Cosas así, continuamente. El Sr. Lilly tenía una serie de tanques distintos, y ensayamos diferentes experiencias. En cuanto a las alucinaciones, no parecía que el tanque suscitara grandes diferencias y llegué a convencerme de que el tanque era innecesario. Ahora que había visto lo que había que hacer, me di cuenta de que lo único que hacía falta era sentarse y tomarlo con calma. ¿Que necesidad había de que todo fuera absolutamente super-super? Así que cuando llegaba a casa apagaba las luces y me sentaba en la sala de estar en una butaca cómoda, y probaba, y probaba pero nunca funcionaba. Jamás he conseguido tener una alucinación fuera de los tanques. Desde luego, me encantaría poderlo lograr en casa, y no dudo que practicando lo bastante se podría lograr a través de la meditación. Pero yo no practiqué.