domingo, 26 de septiembre de 2010

Them!


Por Richard Dawkins
El gen egoísta
Fragmento del capítulo XIII.El largo brazo del gen

Los cucos son seres notables y muy instructivos. Pero los insectos pueden superar casi cualquiera de los milagros que se producen entre los vertebrados. Tienen la ventaja de ser muchos más; mi colega Robert May ha observado acertadamente que «con una buena aproximación, todas las especies son insectos». Los insectos «cucos» no pueden ni contarse, ya que son muy numerosos y su hábito se ha reinventado con mucha frecuencia. Algunos de los ejemplos que vamos a ver van más allá del familiar parasitismo de los cucos y satisfacen las mayores fantasías que puedan haberse imaginado en The Extended Phenotype.

Un cuco deposita su huevo y desaparece. Algunas hormigas cuco hembras hacen sentir su presencia de un modo mucho más notable. No suelo emplear muy a menudo los nombres latinos, pero Buthriomyrmex regicidus y B. decapitans hacen historia. Ambas especies son parásitas de otras hormigas. En todas las hormigas, por supuesto, las crías no son alimentadas normalmente por los padres, sino por las obreras; así pues, son éstas a las que el «cuco» debe manipular. Un primer paso de gran utilidad es disponer de la propia madre de las obreras, con su tendencia a producir una progenie competidora. En estas dos especies, sólo la reina parásita se introduce en el nido de otra especie. Busca allí la reina huésped y se monta sobre su dorso mientras lleva a cabo tranquilamente, citando la macabra descripción de Edward Wilson, «el único acto para el que está notablemente especializada: cortar lentamente la cabeza de su víctima». La asesina es entonces adoptada por las obreras huérfanas, que atienden sus huevos y larvas. Algunas de ellas se transforman a su vez en obreras, que poco a poco sustituyen a las de la especie original en el nido. Otras se transforman en reinas y escapan para buscar nuevos pastos y reales cabezas aún sin cortar.

Pero cortar cabezas ya es un cierto trabajo y los parásitos no están acostumbrados a trabajar si pueden obligar a otros a hacerlo por ellos. Mi personaje favorito en The Insect Societies, de Wilson, es Monomorium santschii. Esta especie ha perdido la casta de las obreras en el curso de la evolución. Las huéspedes realizan por ellas todo el trabajo. Por orden de la reina parásita invasora, se encargan de la muerte o el asesinato de su propia madre. La usurpadora no necesita utilizar sus mandíbulas. Utiliza el control de la mente. El modo como lo hace es un misterio; probablemente emplea un producto químico, pues los sistemas nerviosos de las hormigas suelen estar muy sintonizados con ellos. Si su arma es, en efecto, de naturaleza química, constituye una droga más insidiosa que ninguna otra conocida por la ciencia. Pensemos en cómo actúa. Invade el cerebro de la obrera, toma las riendas de sus músculos, la retrae de sus profundamente inculcadas tareas y la vuelve contra su propia madre. Para las hormigas, el matricidio es un acto de locura genética especial y desde luego la droga que las impulsa a hacerlo debe ser formidable. En el mundo del fenotipo extendido no hay que preguntar cómo beneficia la conducta del animal a sus genes, sino a qué genes beneficia.

No resulta sorprendente que las hormigas sean explotadas por los parásitos, no sólo por otras hormigas, sino por un asombroso zoológico de parásitos especialistas. Las hormigas obreras arrastran un rico flujo de alimentos desde una amplia zona de recogida hasta el almacén central, blanco de los pedigüeños. Las hormigas son también buenos agentes de vigilancia: están bien armados y son numerosos. Podría considerarse que algunos áfidos  pagan con néctar el alquiler de guardaespaldas profesionales. Ciertas especies de mariposas viven su fase de oruga dentro de hormigueros. Algunas son auténticos saqueadores. Otras ofrecen algo a las hormigas a cambio de protección. A menudo van literalmente erizadas de armas para manipular a los protectores. La oruga de una mariposa llamada Thisbe irenea posee un órgano productor de sonido en la cabeza para llamar a las hormigas y un par de canalones telescópicos cerca del extremo posterior, por los que exuda un néctar. Sobre los hombros lleva otro par de toberas que lanzan andanadas más sutiles. Parece que su secreción no es alimentaria, sino una poción volátil de enorme impacto sobre el comportamiento de las hormigas. La que cae bajo su influencia comienza a brincar en el aire. Sus mandíbulas se abren, se vuelve agresiva y ataca con mucha más facilidad de lo normal, mordiendo y picando cualquier objeto en movimiento. Excepto, curiosamente, a la oruga responsable de esos efectos. Además, una hormiga sometida a esta influencia puede entrar en un estado llamado de «fijación» en el que se vuelve inseparable de su oruga durante un período de varios días. Lo mismo que los áfidos, pues, la oruga emplea hormigas como guardaespaldas, aunque lo hace mejor. Mientras que los áfidos dependen de la agresión normal de las hormigas contra los predadores, la oruga administra una droga que incrementa esa agresión y que parece también crear el hábito de dicha fijación.