La voz era nítida y provenía de la otra habitación: “Mira la hora, Dick”. Eran las 5:20 de la mañana. La voz volvió a sonar, ahora más cerca, en la habitación: “Levántate”. Se incorporó aturdido. La voz sonó dentro de su cabeza: “No hay tiempo que perder”. —¡Es una alucinación…!
Se levantó y se dirigió al baño. Se introdujo en la cabina de la ducha, abrió el grifo y dejó que el agua cayera encima de su cabeza mientras se cubría los ojos con las manos. —Ya pasó, estoy bien… estoy bien…
Le urgía la necesidad de salir a la calle y respirar a cielo abierto. No se afeitó. Se vistió. Se guardó las llaves y la cartera y salió del loft. La radio sonaba todavía en un canal de historia, mientras cerraba la puerta. Sólo dejó una frase en sus oídos: “Ich bin ein Berliner”. No cogió el ascensor. Bajó corriendo por las escaleras, cruzó el portal y salió al exterior. Respiró.
No había amanecido. La calle permanecía desierta. De forma automática comenzó a caminar. La panadería de la esquina estaba abierta… alguien mojaba bollos en el café, o quizás un donut…, un taxi cruzó la travesía. La situación era tan inusual, que le resultaba excitante la visión de la ciudad a esa hora. El reloj de la calle marcaba 5:35.
“Cruce de la 33 con Broadway” —No. Oh, Dios. No ¡Que es esto! “Esto soy yo y yo no soy tú. Tienes 26 minutos para evitar que alguien muera. Cruce de la 33 con Broadway”
Una energía vital excepcional lo inundó. Una llave desconocida abrió una puerta en su interior, la puerta hacia una misión largamente esperada. Ese cruce le era familiar y estaba a seis manzanas en la dirección que había tomado. No había tiempo que perder. Comenzó a correr. Se animó a preguntar. — ¿Quién eres? “Corre”.
Y siguió corriendo. Miró su reloj 5:45. Bien, tres manzanas 10 minutos, ¡Adelante! “Detente”. Se paró en seco en el cruce mientras un deportivo pasaba a un centímetro de su cuerpo. — ¿Me ves? “Corre”.
Siguió adelante. Una imagen fugaz. Un inmenso panel para la exposición “American Prometheus”, organizada por la Research ANd Development, con la foto de Johnny Von Neumann y Robert Oppenheimer delante de un ordenador. Manzana y media después sintió una convulsión. — ¡Joder! Un momento… un momento…no respiro bien… algo va mal... Ya está. Mejor, mucho mejor. Sigo… Miró su reloj 5: 58. — 3 minutos… falta una manzana... veo el cruce… ¿Quién es? “Detenla”
En ese instante apareció por la esquina del edificio una niña, de unos once años, miraba hacia el suelo, sin prestar atención a su alrededor. Apretaba un paquete contra su pecho, como si fuera algo muy importante. Mientras se dirigía su encuentro vio venir lo que iba a suceder. Un vehículo, que circulaba por la travesía cambió bruscamente de dirección, sin advertir que nadie a esa hora podría cruzar por el paso. Gritó y paralizó a la niña antes de que esta pisara el cruce, pero él invadió precipitadamente el carril en el preciso instante en que otro vehículo pasaba acelerando…
I-o-I
— Entiendes algo de todo esto.
— Nada de nada. “Esto” debe ser otra broma macabra de Johnny.
— ¿Johnny agnóstico o Johnny converso?
— Da igual, ni él mismo sabe que sigue jugando.
— Retrocede con el panel Feynman veamos como choca y choca con su coche en su esquina favorita. Adelante Johnny, otra vez… Ja, ja… y otra y otra…
I-o-I
“Odiaría morir dos veces ¡Es tan aburrido!”
Richard Feynman

